APUNTES PARA NUESTRA FORMACIÓN POLÍTICA - Historia Nacional Historia Popular

“Si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia”



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Introducción
Por qué la Historia Nacional

Presentamos, en las páginas que siguen, un sintético panorama de la Historia Argentina. El objetivo es que sirva como disparador y base para el debate colectivo. Proponemos esto porque tenemos la firme creencia de que, en la situación que vivimos actualmente como Pueblo, es más necesario e imprescindible que nunca echar una mirada hacia el pasado. No se trata de charla de café, ni de inmiscuirse en los chimentos de la vida privada de los personajes históricos. Si queremos ahondar en nuestro pasado es porque suponemos que allí se encuentran las claves de nuestra situación presente, y el ejemplo de numerosas luchas que dio en el pasado nuestro pueblo, levantando banderas que, hoy, se continúan en  nuestra pelea cotidiana y en el destino que perseguimos.

La Argentina es un país dependiente, una semicolonia. Y desde su mismo origen y hasta nuestros días, ha existido una disputa, una confrontación, entre el Pueblo y la Oligarquía, entre los sometidos y las clases dominantes. Entre un proyecto de liberación, de independencia, de desarrollo y prosperidad, y un proyecto de sometimiento, de dependencia, de atraso y de concentración de la riqueza en manos de unos pocos. Como parte de esa disputa han estado siempre presentes interviniendo –a veces solapadamente, a veces de manera abierta y descarada- los intereses de potencias imperialistas extranjeras. Así, los intereses foráneos aliados con la Oligarquía han sido los verdaderos artífices y causantes de nuestra postración nacional, de nuestros fracasos.

A lo largo de la historia se han dado diferentes situaciones. En ciertos momentos el Pueblo organizado le ha parado la mano a la rosca Oligárquico-Imperialista y ha avanzado en la construcción de un Proyecto Nacional y Popular, hasta ponerlos en jaque. También ha sufrido grandes derrotas, a las que siguieron largos períodos durante los cuales la Oligarquía impuso su dominación y su proyecto antinacional. En esos períodos, incluso, siempre hubo una tenaz resistencia. Pese a que el Pueblo se hallara desorganizado o dividido, hubo argentinos que, con dignidad, plantaron una bandera para denunciar y tratar de impedir el robo y el saqueo de nuestra Patria.

Esta serie de luchas populares, de resistencia, de victorias y de dignidad, ha sido sistemáticamente ocultada y falseada por la Historia Oficial. Es que la Oligarquía y el Imperialismo, para mantener su dominio
económico y político, se vieron necesitados de construir toda una superestructura cultural de la dominación. El objetivo que han tenido es el de convencernos, educarnos y formarnos en la idea de que es “natural” que seamos un país dependiente, de que es imposible que sea de otra manera, que fenómenos como la miseria y la desocupación son tan “naturales” como la lluvia o la salida del Sol por las mañanas. Y más importante aún, han tratado de convencer al Pueblo de que es imposible transformar la realidad. Por eso ocultan y han ocultado, en sus historias oficiales, en los diarios de todos los días, las experiencias en que el Pueblo se ha organizado y ha logrado importantes victorias. De este modo, mediante una verdadera colonización del pensamiento, propagando sin descanso las grandes mentiras oficiales, y ocultando las auténticas verdades populares, han tratado de alimentar nuestras conciencias para mantenernos engañados y desmoralizados, desorganizados y divididos, ignorantes de la fuerza y el poder que tiene el Pueblo organizado cuando se pone en marcha detrás de un proyecto de liberación.

También se han ocupado los escribas oficiales de suprimir de sus historias las páginas más negras de la Oligarquía, los hechos más denigrantes y repulsivos que ha cometido a fin de reprimir al Pueblo. Entonces, por ejemplo, tenemos que personajes como Domingo Faustino Sarmiento o Bartolomé Mitre son pintados como próceres, y casi nunca se habla de que fueron los primeros en ensayar el terrorismo de estado y la criminalización de los luchadores populares, además de incitar a la matanza de gauchos. O nos han enseñado también que Bernardino Rivadavia fue un prócer “adelantado a su tiempo”, cuando fue un personero del Colonialismo Inglés, y el causante de nuestra primera deuda externa. Del movimiento popular, también, hemos escuchado durante años toda una serie de fabulaciones y tergiversaciones: hasta hoy día podemos escuchar a algún gorila hablar del  incendio de las Iglesias que habrían hecho las turbas peronistas, pero se cuidan muy bien de mencionar que la Armada Argentina bombardeó a una multitud indefensa en Plaza de Mayo, causando no menos de cuatrocientos muertos. Durante la última dictadura militar, se enseñaba que quienes cuestionaban al gobierno eran “subversivos”, tratando no sólo de que se pensara que ser subversivo era ser delincuente, sino de confundir las cosas: fueron los que dieron el golpe los que habían subvertido primero el orden constitucional. Ser subversivo frente a la dictadura, era luchar por la recuperación de la soberanía democrática. La tergiversación de esta historia siguió después. Cuando ya se habían recuperado las instituciones democráticas, la teoría de los dos demonios sirvió para presentar el genocidio que ejecutó la dictadura para desarticular las organizaciones populares y sembrar el terror en el pueblo, con el objetivo de evitar la resistencia al proyecto económico de la Oligarquía, como si hubiera sido el resultado de los excesos cometidos por las Fuerzas Armadas en una guerra no convencional (“guerra sucia”) contra un ejército irregular que habría cometido “excesos” similares.
Así es que durante décadas hemos conocido una Historia falseada, tergiversada y manipulada. Sin embargo, por eso mismo es también que los auténticos dirigentes y los militantes populares se han esforzado siempre por recuperar la verdad histórica, por escribir esa “otra historia” la del  Pueblo, la nuestra.

De esa manera, por ejemplo, nació el Revisionismo Histórico, en las años del 30’ y 40’, que permitió a varias generaciones de argentinos descubrir en la historia de los hechos pasados las verdaderas causas de nuestros padecimientos, a la vez que encontrar también las raíces y las banderas para entroncar las luchas del presente con las del pasado, y encaminarlas hacia un futuro de liberación.

Somos montoneros federales, yrigoyenistas y peronistas, somos hijos de  Ernesto Che Guevara y de los jóvenes que se lanzaron a la lucha en los años 60’ y 70’, y por lo tanto somos enemigos de los unitarios, de los conservadores, de los gorilas y de los milicos represores. No somos neutrales ante ningún momento de nuestra Historia, aún inconclusa y sin resolución. Somos parte y protagonistas de las luchas casi doscientos años de Historia Nacional, que se continúan hoy contra los mismos enemigos de siempre, hasta que los derrotemos definitivamente, tengamos una Patria Liberada y logremos la felicidad del Pueblo y la grandeza de la Nación.

Hemos tomado como base para este curso otros trabajos escritos por compañeros del campo popular en distintos momentos, y hemos incorporado también nuestros aportes, tratando de sintetizar lo que aquellos nos ofrecen a partir de su experiencia y reflexión con  nuestros propios debates y planteos actuales.

El objetivo de proponer este curso de formación es poder reconocernos como parte de nuestra Historia, encontrar las razones de por qué hoy nos organizamos del modo en que lo hacemos y por qué damos nuestras peleas como las damos. Es que las luchas del pueblo por su dignidad y su liberación no empezaron con nosotros, somos un eslabón más -el presente- de una epopeya nacional que ha tenido sus alturas y sus profundidades. Desde ahí es también que tenemos que medir la importancia de nuestros éxitos y nuestros logros. Cada plan de trabajo, cada bolsón de mercadería que le arrancamos al Estado, conseguir que no echen a un compañero de laburo, todas esas cosas que vamos ganando organizadamente, no son simples limosnas que nos tiran porque les sobra a los poderosos. Son el resultado de organizarnos, de movilizarnos, de reclamar. Y no sólo nosotros, sino miles de compañeros desparramados por toda la Argentina. Y no sólo ahora, también son resultado de muchos años en los que han dado pelea tantos otros compañeros. Del mismo modo en que somos continuación de la Historia pasada, cada día, con cada actividad pequeña y cotidiana, vamos haciendo la Historia del presente, y la del futuro.
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 El método de análisis

Dentro de una apretada síntesis de las distintas etapas, tratamos de describir un panorama general de nuestra Historia desde el punto de vista del enfrentamiento entre los distintos sectores que integran nuestra sociedad y en que, a su vez, se divide.

Los siguientes son los aspectos que creemos que deben ser la guía para la lectura y el debate sobre la historia, como así también para el análisis político actual.

§  Analizar los acontecimientos siempre de acuerdo a los dos campos que componen el enfrentamiento: de un lado el Campo Nacional-Popular y del otro el Campo Antinacional, el de la Oligarquía y el Imperialismo, es decir los sectores dirigentes, o dominantes, de la sociedad y los sectores subalternos o dominados.
§  Tener en cuenta la división que existe en las grandes etapas históricas.
§  Analizar en cada una de las etapas:
1.   los rasgos generales del modelo económico vigente y sus transformaciones;
2.     las continuidades y transformaciones del Campo Nacional-Popular y de la Oligarquía, su identidad y los sectores de la sociedad que los integran;
3.     la relación de fuerzas entre los dos campos, sus avances y retrocesos;
4.     el proyecto global de cada uno de los campos; sus logros y sus déficits; cómo se implementan tales proyectos y en qué medida se logran;
5.     los momentos más altos de las luchas de masas.
6.     las formas de organización específica de la clase trabajadora


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 Las distintas etapas históricas

Hemos tomado como eje las grandes transformaciones que tuvo el movimiento popular a lo largo de su historia, y considerando como punto de partida a la Revolución de Mayo de 1810. Consideramos cuatro grandes etapas:

§  De 1810 a 1890
§  De 1890 a 1943
§  De 1943 a 1976
§  De 1976 al 2001

A su vez, dentro de cada etapa podemos diferenciar distintos períodos. En las dos primeras etapas no hemos profundizado demasiado, haciéndolo sí un poco más en las dos últimas, por ser las que más nos tocan de cerca e influyen en nuestro presente.

Es importante señalar que no hemos incluido muchos elementos importantes del contexto de la política internacional, que de hecho tienen una profunda repercusión interna, mencionando solamente los mínimos necesarios.

Es bueno tener en cuenta, también, que no existe un corte tajante entre las sucesivas etapas, sino más bien una permanente continuidad a lo largo de la historia. La división tiene el objetivo de facilitar su comprensión y análisis.


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 Etapa de 1810 a 1890

La Etapa se inicia con la derrota del colonialismo español en la Argentina. Al mismo tiempo se encuentra en auge el desarrollo del capitalismo inglés, que comienza a expandirse en busca de colonias y mercados.

En la época de la Revolución de Mayo, Buenos Aires concentraba apenas el 10% de los habitantes del territorio nacional. La población y la riqueza estaban mucho más distribuidas entre las provincias del interior. En Buenos Aires se encontraba el único puerto que comerciaba con el extranjero. Luego de la Revolución crece el comercio de importación, fundamentalmente de Inglaterra, y se va desarrollando la ganadería orientada a la exportación de cueros y carne salada. En el interior existía una gran diversidad de actividades de manufactura que satisfacían la demanda interna y generaban un excedente con el cual se desarrollaba un activo comercio con Chile, Perú y lo que es hoy el territorio de Bolivia. No obstante su bajo desarrollo técnico, ya que se empleaban métodos artesanales, era la base de un posible desarrollo industrial y constituía la actividad principal de la población. La importación de mercancías inglesas pone en crisis a todo ese tejido productivo y va empobreciendo a las provincias del interior, al tiempo que Buenos Aires se enriquece y concentra las ganancias del comercio y de los derechos aduaneros.

Hacia el final de esta etapa, triunfante ya la oligarquía, el país se abre totalmente a los capitales ingleses, que construyen los ferrocarriles, los servicios públicos y explotan nuestras riquezas naturales. La Argentina se instala como proveedora de granos y carnes, e importa todo tipo de productos de la industria británica.

Se desarrolla una lucha por construir dos formas diferentes y opuestas de Nación:

§  Un país dependiente del capitalismo inglés, bajo la forma de dominación semicolonial, es decir, formalmente independiente en lo político pero material e ideológicamente dependiente de Gran Bretaña.
§  Una Nación independiente y soberana, con desarrollo de sus recursos e industrias, con una idea rectora de integración nacional, conteniendo a todas las provincias bajo formas equitativas de distribución de las riquezas producidas.

La primera tenía como orientación ser instrumento del capitalismo inglés, incluso como punta de lanza contra pueblos hermanos, como ocurrió con la Guerra de la Triple Alianza con el Paraguay.

La segunda alentaba la idea de la Patria Grande Latinoamericana. Ejemplo de ello son las campañas llevadas adelante por el Ejército de José de San Martín, como también el apoyo de las montoneras federales de Felipe Varela en apoyo del pueblo paraguayo durante la Guerra de la Triple Alianza.

Durante toda esta etapa se da entonces una lucha constante por afianzar uno de esos dos modelos de Nación, opuestos e irreconciliables. Cada uno de ellos estaba promovido por determinados sectores sociales y expresado en determinadas formas políticas. Y si bien la lucha adquirió distintas formas, estuvo siempre gravitando alrededor de esas dos concepciones.

Un elemento importante para tener en cuenta, no sólo para el análisis de este período, sino para toda la historia, es la existencia de contradicciones y conflictos secundarios entre sectores de un mismo campo. Por ejemplo, entre distintos caudillos federales, o entre los terratenientes ganaderos y los comerciantes porteños.

§  El Campo Nacional-Popular:
     Está conformado prácticamente por todos los sectores del interior, los sectores medios y los más pobres, en especial el gaucho. También coincidían de hecho con los mismos intereses los sectores populares de Buenos Aires.

§  El Campo Antinacional:
     Lo componen los terratenientes ganaderos de Buenos Aires y una nueva clase que se va conformando: la Burguesía Comercial porteña, son los comerciantes que lucran   con el negocio de la importación. Esta última es definidamente pro-británica y se enriquece con el control monopólico del puerto. También hay sectores terratenientes del interior aliados a ellos.


La contradicción en casi todo el período se da entre las Provincias del Interior Buenos Aires (esto expresado en que en Buenos Aires se encontraba el puerto y lo principal de las clases antinacionales).

Las identidades que definen principalmente a cada campo son: Federales Unitarios

Cada uno de los sectores enfrentados tenía su organización militar, su propio ejército:

§  Del Campo Nacional-Popular: eran las montoneras, que ya habían combatido contra los españoles bajo el mando de Martín Güemes. Eran el pueblo en armas, conducido por caudillos representativos de sus intereses. Algunos de sus principales exponentes fueron Facundo Quiroga, el Chacho Peñaloza y Felipe Varela.
Se dieron importantes victorias de las montoneras sobre la oligarquía porteña.
Un momento de gran debilidad para la burguesía comercial porteña, en que se encontró francamente a la defensiva y acosada, fue durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas. Se trataba de un importante estanciero de la Provincia de Buenos Aires, con posiciones nacionalistas y de gran popularidad entre los gauchos. Se enfrentó duramente con el colonialismo Inglés y Francés, que trataron de invadir nuestro territorio aliados con los unitarios. Con el tiempo se fueron profundizando sus contradicciones con el Interior, lo cual fue aprovechado por los sectores antinacionales y finalmente fue derrocado.
§  Del Campo Antinacional: el exponente máximo fue el ejército de Mitre. La oligarquía porteña apela a todos los medios para impones su proyecto, dividiendo a la alianza del Interior, negociando con algunos caudillos a espaldas de otros, y también recurriendo al asesinato de los más inclaudicables, como el caso del fusilamiento de Manuel Dorrego o el asesinato de Facundo Quiroga.

Luego de la caída de Rosas, en 1852, se inicia un proceso de consolidación de la Oligarquía porteña, que se constituye en la clase dominante de la sociedad.

§  En el Campo Nacional-Popular: entre 1860 y 1870 se producen numerosas luchas de resistencia de las últimas montoneras, aunque ya debilitadas y sin perspectivas de poner en riesgo el poder de Buenos Aires.
§  El Campo Antinacional: Constituye un Estado Nacional, antifederal y centralista en lo político, liberal en lo ideológico y librecambista en lo económico. La Oligarquía se consolida en los planos:
§  Económico: luego de la Campaña del Desierto de 1880, se apropia de las mejores tierras de la región pampeana;
§  Político: sobre la base de la derrota del interior pasa a regir en todo el país la Constitución de 1853, de ese modo se legitima institucionalmente el gobierno de la Oligarquía;
§  Militar: se va conformando, luego de algunas luchas secundarias entre sectores de la Oligarquía, la base de un ejército profesional, conducido por generales provenientes directamente de la clase dominante.

La clase trabajadora, todo a lo largo de la etapa, está constituida por los trabajadores rurales, principalmente los gauchos, los artesanos y los asalariados de las manufacturas del interior. Por supuesto, las formas organización y las medios institucionales que adoptó, no son mecánicamente comparables al modelo bajo el que comenzaron a organizarse los obreros europeos. Aquí nuestros gauchos, a medida que se iba empobreciendo el interior y creciendo la opulencia y el poder de Buenos Aires, encontraron en las Montoneras la forma de luchar contra la dominación del puerto, en el federalismo su identidad histórica, y en el caudillo su representación política. Como bien dijera Arturo Jauretche: “El caudillo fue el sindicato del gaucho”.


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 Etapa de 1890 a 1943

Esta etapa se caracteriza por una importante cambio de la formación social de la Argentina, producto de:

§  La derrota del Campo Nacional-Popular, lo cual se traduce en un empobrecimiento y desestructuración  social y productiva del Interior.
§  Se consolida la Oligarquía como clase dominante.
§  Luego de la Campaña del Desierto, se abre un proceso de masiva inmigración europea. El objetivo con el que la habían concebido sus ideólogos era reemplazar al gaucho como mano de obra, pero como a la mayoría de la tierra se la había apropiado ya la Oligarquía, la mayor parte de los inmigrantes se concentraron en lo que van a ser las grandes ciudades: Buenos Aires, Rosario y Córdoba, allí se va concentrando la mayoría de la población y se irá conformando un creciente sector de trabajadores asalariados.

Se consolida definitivamente el modelo agro-exportadorLa Argentina se ubica como exportador de cereales y carnes congeladas. Es la Granja de Inglaterra, desde donde se importa casi todo: desde los clavos con que se construyen casas, hasta el papel donde se imprimen las leyes nacionales. Este modelo, que ya estaba perfilado hacia el fin de la etapa anterior, va acompañado ahora del ingreso de capital inglés que construye los ferrocarriles, desarrolla los servicios públicos, la banca, las finanzas y el comercio. Todo por supuesto en función de consolidar nuestra dependencia. La inmigración, por otra parte, modifica profundamente y transforma de raíz a la sociedad. La llegada de millones de personas, de origen extranjero, con costumbres y cultura diferentes a la matriz criolla, con otras identidades y formaciones políticas, tendrá también honda repercusión sobre el Movimiento Popular.

Sobre esta realidad y como continuidad de las montoneras se va recomponiendo el Campo Nacional-Popular derrotado, recomenzando la lucha contra el modelo de Nación que impone la Oligarquía. Ese Movimiento es el Radicalismo, y su sector más dinámico y representativo de los intereses populares es el yrigoyenismo, referenciado en la persona de Hipólito Yrigoyen.

§  El Campo Nacional-Popular: lo integran sectores medios de las ciudades, pequeños empresarios, trabajadores independientes, arrendatarios y pequeños y medianos propietarios rurales de la Provincia de Buenos Aires. En general, son los amplios sectores populares de todo el país, incluyendo a los trabajadores del campo y la ciudad.
     Dentro del radicalismo coexistían un sector más nacionalista y popular: el yrigoyenismo, y un ala más liberal y oligárquica.
     Las formas de lucha que adopta son variadas, desde la abstención electoral hasta las insurrecciones armadas de 1890, 1893 y 1905, que a pesar de ser derrotadas van socavando la fortaleza política del dominio oligárquico.
§  El Campo Antinacional: se consolida en una sola clase: la Oligarquía terrateniente y ganadera, socia del capitalismo inglés. Los gobiernos nacionales de Mitre en adelante instauran un modelo productivo y una infraestructura a la medida y necesidad de los negocios británicos.
     En lo ideológico comienza a construirse la mencionada superestructura cultural del coloniaje. Se escriben las historias oficiales, se consagran próceres a ciertos personajes históricos y a otros luchadores se los condena al olvido o se tergiversa su significación. Todas las cosas que vengan de Francia e Inglaterra, son modelos a imitar, son la civilización, a la vez que se condena a todo nuestro pasado criollo, que viene a ser la barbarie, los gauchos.
     En lo político se materializa el Estado Oligárquico, un sistema de política que excluía del juego a cualquier oposición mediante simulacros de elecciones, en las que siempre ganaba quien tenía que ganar, o sea, los candidatos del gobierno.
     Como producto de la presión popular, entra en crisis este sistema de exclusión política montado por la Oligarquía,  ésta debe retroceder y acaba llamando a elecciones libres.

Durante este período surgen nuevas formaciones políticas además del radicalismo: aparecen los anarquistas, el Partido Demócrata Progresista y el Partido Socialista. Luego, de una división del Partido Socialista, aparece el Partido Comunista.

§  El Campo Nacional-Popular: triunfa con la llegada al Gobierno de Hipólito Yrigoyen, que desarrolla un programa nacionalista y con alto contenido popular.
§  El Campo Antinacional: la Oligarquía presiona y utiliza al sector más conservador que existe dentro del radicalismo.

La debilidades principales de Yrigoyen fueron los límites de su proyecto de país. Lo más positivo fue el romper con el sistema de excusión política, democratizar el Estado con la participación popular. De ahí en adelante se instituye la legitimidad del voto universal y secreto como forma de acceder al gobierno. Su Gobierno trató de mantener la autonomía de sus decisiones respecto al centro imperialista, pero no pudo romper los lazos de dependencia, no llegó a cuestionar el modelo económico agro-exportador y dependiente. Con la Primera Guerra Mundial se inicia una período de crisis económica mundial que tiene profundas repercusiones internas.

Al no ser afectados los fundamentos del poder económico de la Oligarquía, el Movimiento Nacional-Popular va entrando en crisis por la debilidad de su estrategia.

En 1919 y 1921, durante la presidencia de Yrigoyen, cediendo  a las presiones de los sectores más reaccionarios, el Ejército reprime sangrientamente huelgas y movilizaciones obreras en Buenos Aires –la Semana Trágica-, la Patagonia y el Chaco. Este es un punto significativo, sobre todo para el análisis de etapas posteriores.

Las organizaciones obreras estaban en general conformadas por anarquistas, socialistas y comunistas, siendo la fracción más combativa popular y consecuente los anarquistas. Sin embargo su componente principal eran obreros inmigrantes, que traían su experiencia, y sus ideas de revolución social, de su práctica en los países europeos de los que provenían. No se reconocían como continuidad de las luchas anteriores, y solían trasladar las identidades, las consignas y los programas de lucha –que tenían un sentido en los países centrales- a nuestro país, caracterizado por la dependencia semicolonial y la injerencia imperialista. De esta manera, muchas veces iban desencontradas por carriles diferentes luchas que en realidad debieran haber sido las mismas. Esto debilitó también al Movimiento Popular al no integrarse esas vertientes bajo un mismo proyecto.

La Oligarquía logra cooptar a los sectores más conservadores del radicalismo y derroca al segundo gobierno de Yrigoyen, utilizando por primera vez al Ejército “profesional”.

§  El Campo Nacional-Popular: inicia un período de Resistencia popular, caracterizado por huelgas obreras, movilizaciones e insurrecciones armadas. El radicalismo se va fracturando, hay sectores que se adaptan al juego de la política oligárquica, y son domesticados. Otros se apartan cuestionando esa posición conciliadora y evolucionan dando forma a las primeras concepciones del Nacionalismo Popular Revolucionario.
§  El Campo Antinacional: comienza el período llamado de la “Década Infame”. Se profundiza la entrega del patrimonio nacional, la dependencia económica de Inglaterra, y en lo político se instala una práctica sistemática del fraude electoral y de represión a los sectores populares.

Como producto de la crisis económica de 1929, y luego de la Segunda Guerra Mundial, el país se ve necesitado de desarrollar ciertas industrias para cubrir sus necesidades internas. Este proceso de desarrollo industrial se va desenvolviendo de manera paulatina hasta 1943. Pero este proceso se va a volver en contra de la Oligarquía quedando fuera de su control. Surgirá un nuevo sector de empresarios industriales con intereses opuestos a los sectores del poder económico agro-exportador, junto a un importante crecimiento de la clase obrera industrial. Esto crea las condiciones para una alianza de clases.


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 Etapa de 1943 a 1976

Características generales


Ante el descrédito de los gobiernos conservadores de la Década Infame, que acentuaron su carácter entreguista y vendepatria, en medio de la profunda crisis económica, política e ideológica que se daba en los países centrales –y repercutía en Argentina-, se produce en 1943 un Golpe de Estado liderado por una corriente de oficiales nacionalistas e industrialistas del Ejército.

Se acelera el proceso de industrialización, lo cual le da una vuelta de tuerca más al fenómeno de crecimiento y concentración de la clase obrera.

Se produce una importante corriente de migración interna, de las zonas rurales a las ciudades, y del interior a Buenos Aires. Son los sectores más pobres del campo y del interior: serían los futuros Descamisados.

Como consecuencia de la guerra al país se le presenta un escenario ampliamente favorable para la exportación de productos alimenticios, generándose una importante entrada de divisas.

El Coronel Juan Domingo Perón, desde la Secretaría de Trabajo y Previsión toma medidas importantes en beneficio de los trabajadores. El pueblo se va identificando con Perón. La Oligarquía, al ver el peligro que ello entrañaba, lo destituye y encarcela. Así es que el 17 de Octubre de 1945 las masas trabajadoras ganan la calle y se plantan en la Plaza de Mayo, logrando la liberación de su líder. Perón asume, de esta manera, la representación política de los trabajadores. Finalmente, se llama a elecciones a principios de 1946 triunfando la fórmula Perón-Quijano sobre la Unión Democrática, espacio que agrupaba a radicales, socialistas, comunistas y conservadores, bajo la candidatura de Tamborini-Mosca.

Vamos a dividir esta etapa para su mejor análisis, en distintos períodos:

§  1943-1955: El Pueblo al poder
§  1955-1973: Resistencia y Defensiva Popular
§  1973-1976: Crisis del Movimiento Nacional


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 1943-1955: El Pueblo al poder

§  El Campo Nacional-Popular: el peronismo se constituye en un Movimiento de masas, policlasista y transversal, de contenido antioligárquico y antiimperialista. Triunfa en las elecciones y accede al Gobierno con el soporte de un estado de intensa movilización popular, y un alto grado de organización de la clase trabajadora. Grupos de radicales, socialistas y anarquistas rompen con sus organizaciones y se integran al Movimiento reconociendo la jefatura de Perón.
§  El Campo Antinacional: de este lado se ubica la Oligarquía pro-imperialista afín a los yanquis, que son ahora el imperialismo emergente de la declinación británica, los sectores gorilas de las Fuerzas Armadas, y casi todos los partidos políticos que se integran en una sola alianza, la ya mencionada Unión Democrática, patrocinada por el embajador yanqui Spruille Braden.

Las opciones políticas se polarizan, y la alternativa pasa a ser Braden o Perón, lo que se traduce en: Dependencia o Liberación.

El Proyecto peronista


Se basa en la idea de una Comunidad Organizada, con una profunda redistribución de la riqueza producida por el país. El Estado tiene un rol protagónico, actúa como regulador y planificador de la actividad económica. Pasan también a manos del Estado los sectores más estratégicos de la economía, se nacionalizan los servicios públicos, la banca, el comercio exterior –que provee de fondos que financian créditos para la expansión industrial y la obra pública. Las banderas del Peronismo son: Soberanía Política, Independencia Económica y Justicia Social. La reforma constitucional de 1949 pretende traducir en el orden jurídico los ejes que proyectan un nuevo modelo de país.

Para realizar tal proyecto, el Movimiento se basa en una alianza entre la clase obrera organizada en la CGT, los empresarios industriales nacionales y los sectores nacionalistas del Ejército, actuando el Estado como regulador y árbitro de esa alianza. Con el tiempo, Eva Perón llega a proponer la formación de milicias obreras, pero no logra reunir el apoyo suficiente para implementarlo.

La Oligarquía y el Imperialismo empiezan a conspirar casi desde el comienzo del gobierno. En 1951 se produce un levantamiento militar liderado por el General Benjamín Menéndez.

En 1952 se produce una crisis económica, producto de la recuperación internacional del capitalismo, pasada ya la guerra mundial, la pérdida de sucesivas cosechas –como resultado de una sequía- que reduce las exportaciones, y de ciertas insuficiencias que todavía tenía el desarrollo industrial.

Era quizá el momento de avanzar sobre los fundamentos económicos del poder de la Oligarquía, para poder seguir desarrollando el país, pero no alcanza a concretarse pese a que se habían dado grandes pasos hacia ello.

§  El Campo Nacional-Popular: el Peronismo en el Gobierno entra en crisis. Se resquebraja la alianza entre el empresariado nacional y los trabajadores. Sólo queda como firme apoyo la clase obrera organizada ante el avance de la reacción, pero no llega a ser suficiente para fortalecer el Poder Popular.
§  El Campo Antinacional: la Oligarquía y el imperialismo llevan a cabo un continuo accionar conspirativo. Toma fuerza la contraofensiva oligárquica apoyada en los militares gorilas. El 16 de Junio de 1955 la aviación naval bombardea la Plaza de Mayo y la Casa Rosada con la intención de matar a Perón, al final del día se cuentan cuatrocientos muertos. Finalmente, el 23 de Septiembre, un golpe militar logra derrocar al gobierno de Perón.

Aspectos positivos del Peronismo en el Gobierno fueron:

§  El Peronismo queda instalado durante varias décadas como “el hecho maldito del país burgués”, que hace al país ingobernable por la vieja política.
§  Las condiciones materiales de vida alcanzadas por el pueblo avanzaron de manera notable, al igual que el desarrollo económico del país.
§  El Peronismo le da forma e identidad política al Campo Nacional-Popular, como continuidad histórica del federalismo y del Yrigoyenismo.
§  Se afirma como un actor indiscutible del escenario político una clase trabajadora organizada, dotada de una profunda conciencia nacional, anti-oligárquica y antiimperialista.
§  La memoria de Evita queda viva como lo más revolucionario del peronismo.

Y como aspectos negativos aparecen los siguientes: no llegó a producirse, en el momento preciso, el salto necesario para mantener la trayectoria de desarrollo nacional y el Poder Popular alcanzado. Esto se debió a que no se llegó a avanzar sobre la expropiación del poder económico de la Oligarquía, y al no haber resuelto el problema militar, manteniéndose el Ejército como institución “profesional”, separada del proceso revolucionario.


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 1955-1973: Resistencia y
Defensiva Popular

Podemos distinguir dos fases:

1955-1966: Resistencia
1966-1973: Contraofensiva popular

El hecho más significativo que marca el paso de una fase a otra es Mayo de 1969: el Cordobazo.

Marco internacional

Hlay que señalar que este período coincide con el triunfo, en 1959, de la Revolución Cubana, que se convierte en ejemplo, aliento y apoyo para las luchas por la liberación en toda Latinoamérica. La experiencia cubana inspira las tendencias revolucionarias insurreccionalistas. El Che Guevara – asesinado en Bolivia en 1967 y modelo del guerrillero entregado a la causa de la revolución - difunde la teoría del “foco” que muchas organizaciones intentarán reproducir.

En 1968 se produce el Mayo Francés, un levantamiento que reúne a obreros y estudiantes en las calles de París. Sin un objetivo político unificado, el movimiento – que se reproduce con menor intensidad en otros países europeos y multiplica la solidaridad con los procesos revolucionarios en el Tercer Mundo - no llega a producir un cambio significativo en la estructura de poder, y queda en la historia como un hecho significativo sobre todo en el plano cultural.            

En 1971 triunfa en Chile la Unidad Popular, llevando al socialista Salvador Allende al gobierno y dando inicio al intento de desarrollar la “vía pacífica al socialismo”. Allende dispone rápidamente una serie de medidas (nacionalización de los yacimientos de cobre, carbón, petróleo, reforma agraria, control de precios de productos de consumo popular, etc) que chocan con los intereses de la oligarquía y de los capitales norteamericanos. La reacción logra desestabilizar al gobierno y produce, el 11 de septiembre de 1973, un golpe de Estado organizado por la CIA y encabezado por el general Pinochet. 

 

Período 1955-1966 – Resistencia


El Campo Nacional-Popular: el pueblo inicia la resistencia al día siguiente del golpe. Las condiciones son durísimas, se empieza desde cero, ya que el Movimiento Peronista no estaba preparado para luchar en condiciones de proscripción y persecución. Es la clase trabajadora la que lleva el peso principal de la lucha. El peronismo fue prohibido y proscrito.
Las formas principales de lucha fueron:
§  La resistencia sindical y las huelgas obreras.
§  El hostigamiento con bombas caseras –los famosos “caños”-, el sabotaje a la producción y a los servicios públicos.
§  Levantamientos militares, como el de Junio de 1956, liderado por el General Juan José Valle junto a otros militares y civiles peronistas. El levantamiento fracasa y son fusilados.
La principal bandera de la resistencia era el regreso de Perón al  país y la vuelta del peronismo al poder. Perón se constituye como líder y referente estratégico del Campo Popular. Entre 1960 y 1966, se producen los primeros intentos de desarrollar guerrillas rurales, pero fracasan.

El Campo Antinacional: inicia una brutal represión contra todo lo que huela a peronista. Miles de dirigentes son encarcelados, y las organizaciones populares quedan en la ilegalidad. En todo este período la Oligarquía ensaya distintas variantes para tratar de lograr una cierta estabilidad y gobernabilidad. Se abren las puertas del país para una creciente penetración económica de empresas extranjeras, yanquis principalmente.
Con su resistencia el pueblo hace fracasar todos los intentos de “pacificar” el país. Desde el desarrollismo del presidente Arturo Frondizi, hasta la ficción democrática que proscribe a las mayorías, caso del gobierno de Arturo Humberto Illia.
Ante la fortaleza de la resistencia, la Oligarquía decide acabar con el simulacro de democracia liberal y recurre nuevamente al gobierno de las Fuerzas Armadas. En 1966 se produce un nuevo golpe militar, encabezado por el General Juan Carlos Onganía.

Período 1966-1973 – Contraofensiva Popular

El Campo Nacional-Popular: de 1966 a 1968 se incrementan las huelgas y las movilizaciones. A la lucha de los trabajadores se suma la de otros sectores, como los estudiantes. En el ámbito sindical surgen conducciones combativas, como la CGT de los Argentinos, contrapuesta a las los sectores conciliadores, como los que respondían a Augusto Timoteo Vandor. Aparece un intento de desarrollar una guerrilla rural en Tucumán, por parte de las Fuerzas Armadas Peronistas.
En 1969 se da la mayor confluencia de todas esas luchas, que tienen su pico el 29 de Mayo de 1969 con el Cordobazo y sucesivas puebladas. En el Cordobazo tiene protagonismo el sindicalismo clasista, cuyo principal referente es Agustín Tosco. Aparece el accionar urbano de organizaciones armadas peronistas, como FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias), FAP (Fuerzas Armadas Peronistas) y Montoneros.
En 1971 se reiteran los movimientos insurreccionales.
Se van reorganizando las estructuras del Movimiento Popular, adquiriendo centralidad la Juventud Peronista. Hay un creciente aumento del activismo. La bandera de movilización es el “Luche y Vuelve”.
La contraofensiva popular termina arrancándole  la Oligarquía las elecciones de Marzo de 1973, donde triunfa el FREJULI, Frente Justicialista de Liberación Nacional, una alianza social y política hegemonizada por el Peronismo con que el pueblo va a las elecciones.

El Campo Antinacional: el proyecto que trata de instaurar Onganía es:
En lo económico: beneficia a la Oligarquía y a los monopolios yanquis.
En lo político: un sistema autoritario. Clausura el sistema liberal de partidos políticos por el peligro que representa el Peronismo, como en diversas elecciones provinciales habidas en los anteriores gobiernos, donde las fórmulas peronistas habían triunfado. Se plantea también despolitizar a la sociedad. El arma principal a utilizar es la represión abierta.
Debido al ascenso de las luchas populares Onganía es desplazado del Gobierno y es reemplazado por el General Marcelo Levingston, que desarrolla una política económica de sesgo más nacional.
La Oligarquía reemplaza a Levingston, asumiendo la presidencia el General Alejandro Agustín Lanusse. Este desarrolla una estrategia de retirada ordenada del Gobierno, plantando sucesivas trampas al Movimiento Popular, a fin de que el retroceso sea lo menos costoso posible.


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 1973-1976: Crisis del
Movimiento Nacional

Este es seguramente uno de los períodos más complejos de nuestra historia reciente. Por lo vertiginoso y acelerado que se dan los acontecimientos, y con que se modifican las relaciones de fuerza entre los campos en confrontación.

El período coincide con una profunda crisis del capitalismo en el orden internacional, y un avance decidido del Imperialismo yanqui sobre América Latina. Cuando asume el gobierno Héctor Cámpora, candidato del FREJULI, ya se habían instalado dictaduras militares, amañadas por los yanquis, en casi todos los países limítrofes, y los pocos gobiernos civiles que quedan caen también al poco tiempo. En lo económico se había ido profundizado la penetración de las empresas multinacionales, distorsionando profundamente el modelo de desarrollo industrial iniciado con el peronismo. Las empresas extranjeras y los nacientes grupos económicos habían ido ganando posiciones monopólicas en muchos sectores de la industria y los servicios, lo que les daba mayor poder para confrontar con los trabajadores en la disputa por salarios y condiciones de trabajo. Este escenario estrechaba notoriamente el margen de acción del gobierno popular

El Campo Nacional-Popular: bajo el liderazgo de Perón se agrupaba una numerosa cantidad de sectores, muchos de ellos con intereses y proyectos encontrados. El liderazgo de Perón era lo que saldaba las diferencia y encolumnaba a esta alianza bajo un proyecto que denominó Modelo Argentino para el Proyecto Nacional.
Dentro de esta alianza estaban: empresarios nacionales; los sectores del sindicalismo más conciliadores y adaptados al sistema; la casi totalidad de la clase trabajadora; amplios sectores de la clase media, intelectuales y profesionales que apostaban al proyecto de liberación; el grueso de la juventud, movilizada y organizada principalmente en la JP; las Organizaciones Armadas Peronistas, las FAP, FAR y Montoneros, que se asumían como resguardo y garantía del proceso; se contaban también algunos sectores del ejército, aunque minoritarios.
Las organizaciones armadas revolucionarias no peronistas, de izquierda, que caracterizaban a Perón y al Peronismo como una variante más dentro del sistema, y veían aproximarse una situación revolucionaria, de disputa directa por el poder. A partir de esto consideraban que debían acelerar y profundizar el accionar armado.

El Campo Antinacional: agrupaba a las cúpulas empresarias, la vieja Oligarquía unida a los intereses de las multinacionales extranjeras. Aunque políticamente a la defensiva, conservaban un gran poder económico y de influencia en distintos sectores e instituciones del Estado. La fuerza principal de reserva en este período fue sin duda el Ejército. Desde algunos años atrás, por influencia yanqui, se había dotado con la llamada Doctrina de Seguridad Nacional, que con la excusa de la confrontación norteamericana contra la Unión Soviética, se ponía en un lugar de gendarme, para reprimir a los movimientos populares que amenazaran el dominio imperialista. Ahora el ejército ya no tenía como función la defensa de los intereses nacionales, sino que tenía un enemigo interno, que en definitiva era el propio Pueblo. La contradicción se traslada al interior del peronismo, donde los sectores más reaccionarios y las dirigencias sindicales burocráticas que habían sido colaboracionistas durante los gobiernos militares señalan como enemigos internos a la juventud y a las Organizaciones Armadas, y sirven al objetivo de reprimir a los sectores más dinámicos y revolucionarios que cuestionaban y querían avanzar sobre el poder de la Oligarquía.

A la muerte de Perón asumió su esposa María Estela Martínez. A partir de ese momento el poder del Estado quedó en manos de los sectores más reaccionarios –representados por José López Rega-, que respondían directamente a la embajada yanqui y adoptaron como estrategia la represión del Movimiento Popular. De ese modo aparecen la Tres A, una organización paramilitar, integrada por matones sindicales, policías y militares, que acciona mediante el asesinato selectivo de militantes populares. Es el comienzo del terrorismo de Estado.

Esta situación marca la crisis más profunda del Peronismo como Movimiento Popular. El Gobierno, archivado ya el programa de independencia económica, pasa a aplicar el primer  plan de ajuste de inspiración neoliberal. Lo cual profundiza la crisis económica, ya que el principal obstáculo que encuentra es la resistencia de la clase trabajadora. La Oligarquía ya se encuentra conspirando para derrocar al Gobierno, asumir el mando directamente por medio del ejército e instaurar a sangre y fuego el orden neoliberal. Esto se lleva a cabo con el golpe de estado del 24 de Marzo de 1976.






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 Etapa de 1976-2001

Características generales

Esta etapa comienza con una sangrienta derrota del Campo Popular, luego de la cual se producirá una paulatina recomposición de sus fuerzas hasta desarrollar un proceso de resistencia que culminará con el levantamiento popular del 19 y 20 de Diciembre de 2001.

En los veinticinco años que abarca esta etapa se produce un profundo deterioro de las condiciones de vida del pueblo, y un gran retroceso general del Campo Nacional-Popular. Se fractura y disgrega su identidad histórica, y son destruidas, a su vez, numerosas organizaciones populares que habían expresado lo más avanzado de la etapa anterior.

Se produce una profunda transformación del modelo económico vigente hasta el fin de la etapa anterior. Se instauran a sangre y fuego  las políticas neoliberales que van a provocar un fabuloso endeudamiento externo, la fuga de capitales, la desindustrialización, la privatización del patrimonio del Estado, la caída del salario, el alto desempleo, la exclusión y la pobreza.

Vamos dividir esta etapa en tres períodos, que corresponden a los sucesivos cambios de gobierno que se registraron:

§  1976-1983: la Dictadura Militar
§  1984-1989: la Restauración democrática
§  1989-1999: Menemismo y después
§  1999-2001: De la Rúa, triste, solitario y final


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 1976-1983: Dictadura Militar

Con el golpe de estado asume el Gobierno una Junta Militar presidida por el General Jorge Rafael Videla que se autoproclama Proceso de Reorganización Nacional –al cual se lo llamará simplemente “Proceso”-  y se instaura un régimen de terrorismo de estado. Las Fuerzas Armadas –junto a las fuerzas policiales- implementan un plan sistemático de represión hacia todo el conjunto del Campo Nacional-Popular.

La represión tiene una faz clandestina, en la cual se secuestra, tortura y se hace desaparecer, a treinta mil militantes populares al margen de toda legalidad, incluso de la misma legislación represiva dictada por los militares. Al mismo tiempo opera un estricto control y censura de los medios de prensa, los cuales ocultan y suprimen toda información sobre el accionar represivo. Se instala un clima de terrorismo ideológico, toda opinión disidente u opositora es sospechosa de ser “subversiva”. Cientos de miles de personas se ven forzadas a exilarse en el extranjero para salvar sus vidas: desde científicos, actores y escritores, hasta periodistas, docentes universitarios y ex-funcionarios del anterior gobierno. Se prohíbe toda actividad político-partidaria y sindical, y la misma Constitución Nacional –suspendida su vigencia de hecho por el gobierno militar- queda subordinada a un Estatuto del Proceso, que se decreta como ley suprema. Es el Gobierno más totalitario, dictatorial y represivo que haya habido en nuestra historia.

En el plano económico el gobierno del “Proceso” lleva a cabo una transformación que modifica de raíz el funcionamiento del modelo económico que se había desarrollado hasta entonces.

Con José Alfredo Martínez de Hoz –un empresario referente de la Oligarquía- al mando del Ministerio de Economía, se desarrolla un vasto plan de fuga de capitales y saqueo de los recursos del Estado. Se des-regulan las actividades financieras y los movimientos de capitales, se libera la importación de todo tipo de mercancías extranjeras, y se fija la relación del peso con el dólar mediante un mecanismo conocido como “la tablita”, que indicaba como iría variando en el tiempo el precio del dólar (un precedente de la convertibilidad del 1 a 1). Esto abrió un abanico de efectos destructivos sobre la economía nacional.

Se desencadena, en consecuencia, un extendido proceso de quiebras de pequeños y medianos industriales. Todo un vasto conjunto de empresas que abastecían el mercado nacional, y que habían crecido durante la anterior etapa de desarrollo industrial, colapsa debido, por un lado, a la competencia ruinosa de productos importados a bajo precio, y por otro, a la incapacidad de hacer frente a su endeudamiento que implicó la desregulación de la actividad bancaria. El desmembramiento del tejido industrial de empresas pequeñas y medianas es lo que se conoce como “desindustrialización”. Al mismo tiempo un reducido conjunto de empresas locales y extranjeras, hacen uso preferencial de  regímenes fraudulentos de promoción industrial que les permiten ampliar sus empresas y plantas a un costo nulo. Esta transformación tendrá importantes consecuencias en el plano social.

Producto de la desregulación financiera, la cúpula empresarial que conforma la Oligarquía da comienzo a un ciclo de fuga de capitales, endeudamiento externo, negocios bancarios, y nueva fuga de capitales, que se conocerá como “bicicleta financiera”. Como resultado  de ello el Estado Nacional se endeuda creciente y vertiginosamente para financiar la transferencia de recursos privados al exterior. Finalmente, por obra de Domingo Cavallo en su gestión en el Banco Central en 1982, se estatizan las deudas externas privadas y el Estado se hace cargo de las deudas de los Grupos Económicos Nacionales y de las Empresas Multinacionales. Es el origen de la odiosa y fraudulenta “deuda eterna”.

No obstante, durante algún tiempo los sectores medios que conservan cierto poder adquisitivo gozan de una ilusoria sensación de prosperidad. Gracias al dólar barato y a la apertura de las importaciones, podrán viajar a Miami, comprar televisores color y autos importados.

El Campo Nacional-Popular: es duramente golpeado por la represión. Las organizaciones sindicales son intervenidas y controladas por las Fuerzas Armadas, numerosos militantes y dirigentes sindicales son secuestrados y desaparecidos, en ocasiones con la colaboración de las empresas. Con el congelamiento de los salarios y los efectos del programa económico, crecen la pobreza y la desocupación.
La desindustrialización en marcha fractura severamente las raíces de la alianza social que posibilitó el proceso de desarrollo previo. Hasta entonces se daba –a veces de hecho, a veces forma explícita- una conjunción de intereses entre la Clase Trabajadora y los empresarios industriales nacionales: ese sector empresario –poco concentrado sectorialmente, y escasamente unificado en lo organizativo- producía para el mercado nacional, en el cual tenía gran peso el consumo de los asalariados, por lo tanto el crecimiento de los salarios le significaba ampliar el mercado, y por tanto su ganancia; a su vez la Clase Trabajadora –con una fuerte relevancia de los Obreros Industriales- había adquirido un alto grado de organización, lo cual la dotaba de una importante relación de poder a la hora de discutir salarios, beneficios sociales y condiciones de trabajo. Esta relación de fuerzas, alcanzada bajo los Gobiernos de Perón, posibilitó, aún con los vaivenes de los períodos de Resistencia u Ofensiva, una gran elevación en las condiciones de vida de los trabajadores y un fuerte crecimiento de los sectores medios. Una vez culminado el período militar, estas condiciones se van a ver modificadas irreversiblemente.
Las Organizaciones Armadas por su parte, que ya habían pasado a una situación de defensiva durante el gobierno de María Estela Martínez de Perón, son diezmadas y destruidas pese a la heroica resistencia que oponen.

El Campo Antinacional: lo integran las Fuerzas Armadas en bloque, que encabezan el gobierno y son punta de lanza de la represión al Movimiento Popular. Detrás de ellas, y dictando las políticas económicas, está el sector más concentrado de la Oligarquía y las multinacionales extranjeras. La cúpula de la Iglesia apoya también al gobierno militar y bendice el proceso represivo en marcha, mirando para otro lado aún cuando son asesinados numerosos sacerdotes. El resto del empresariado, y amplios sectores de la clase media, a pesar de que al final se verán seriamente perjudicados, apoyan en un principio el golpe de estado: atormentados por la crisis económica precipitada en el final del gobierno anterior, y desgastados por el clima de violencia política impuesto por las Tres A, y la virulencia del enfrentamiento interno del Peronismo, ven en el golpe militar la solución al “desorden” y a las frustraciones dejadas por el gobierno anterior.

El proyecto de país del Gobierno Militar

El Gobierno de los Militares fue la solución de fuerza de la Oligarquía para tratar de destruir definitivamente la fuerza social y el avance que había logrado el Campo Nacional-Popular. Las diferencias políticas e ideológicas que existían al interior del peronismo, fueron fogoneadas y azuzadas por la Oligarquía con el objetivo de profundizar los enfrentamientos internos y quebrar su unidad. A la muerte de Perón, el Campo Nacional-Popular se encontró carente de metodologías y mecanismos para resolver y superar sus propias contradicciones, lo cual, junto al accionar represivo contribuyó a aislar políticamente primero, y destruir físicamente después,  a sus sectores más avanzados, revolucionarios y combativos. Cumplida su tarea, dejaron como secuela del terrorismo, de estado una cultura del miedo que operó como un desincentivo a la participación política, y un descrédito a las utopías revolucionarias como prácticas transformadoras de la realidad.

Al mismo tiempo las políticas económicas tuvieron un doble efecto. Por un lado fracturaron el tejido económico y social que constituía la base material de la fortaleza del Movimiento Popular, la Argentina ya no sería más, de allí en adelante, un país con pleno empleo, con un importante grado de integración social, y con desarrollo liderado por la industria. En adelante irán creciendo el desempleo y la pobreza, y la industria va a ir quedando relegada como motor del desarrollo. Por otro lado, el proceso de endeudamiento externo y fuga de capitales, junto a la promoción industrial y a la manipulación de las compras y contratos del Estado, le permitió a una fracción de la Oligarquía –que durante la etapa anterior había perdido posiciones a manos de las Empresas Multinacionales extranjeras- recobrar y fortalecer su poder económico hasta niveles impensados. Con esta transformación de la Oligarquía se forma un “núcleo duro” de poder que difiere de la “vieja Oligarquía”, más ligada en etapas anteriores a la producción agropecuaria exportadora. Esta nueva Oligarquía es netamente empresarial y posee intereses diversificados en todos los sectores de la economía: desde las finanzas, a las Obras Públicas del Estado, pasando por las industrias básicas, el comercio, los productos de consumo masivo, y, por supuesto, la producción agropecuaria, por sólo mencionar algunos.

De este modo la Dictadura Militar remodeló la faz de la Argentina a medida y conveniencia de la Oligarquía, con el objetivo afirmar las bases de su política de saqueo. Con la matanza que significó la represión a las organizaciones políticas, sociales, sindicales y armadas del Campo Nacional-Popular, destruyó el altísimo grado de organización y de poder popular que habían alcanzado a fin de la etapa anterior, y en virtud de lo cual vieron seriamente amenazada su condición de clase dominante en la sociedad nacional. De esta manera, “puesto en caja” en Movimiento Popular, tendría manos libres para profundizar el régimen económico de explotación y consolidar la dependencia del País.

El Campo Nacional-Popular: Luego del avance represivo de la Dictadura, los sectores populares se hallan duramente golpeados y a la defensiva. Poco a poco, desde el Movimiento Obrero, se van recomponiendo fuerzas y ofreciendo resistencia a los planes de la Dictadura. Comienzan a despuntar conflictos en grandes fábricas y se producen huelgas y los primeros intentos de realizar un Paro General. Aparecen nuevas camadas de dirigentes surgidos de la lucha, mientras algunos sectores de las dirigencias sindicales anteriores al Golpe –las más burócratas, corruptas y negociadoras- transan con los militares algunos beneficios sectoriales y negocios privados a cambio de traicionar las luchas en curso y entregar militantes a manos de la represión. Sin embargo, al compás del “éxito” del programa económico: de la caída del poder de compra de los salarios, el aumento de la desocupación, la puesta en suspenso de las conquistas laborales, etc., la Resistencia no para de crecer y va socavando el consenso pasivo con que habían contado los militares en un principio.


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 1984-1989: la Restauración Democrática

El Gobierno de Alfonsín asume en un marco internacional complejo y conflictivo. La principal potencia imperialista –los EEUU- estaba embarcada de lleno en una nueva carrera armamentista con la Unión Soviética. La economía mundial atravesaba un período de inestabilidad provocada por diversas crisis de los países Latinoamericanos que –como la Argentina- afrontaban una deuda externa descomunal e impagable, y uno tras otros se declaraban en default o en moratoria por tiempo indeterminado.

Junto a la Argentina, varias dictaduras militares sudamericanas ingresaban a un proceso de restauración democrática. Aplastados los movimientos populares, los yanquis apoyaban estos cambios presionando a los nuevos gobiernos e imponiéndoles condicionamientos para poder seguir dominándolos con democracia. Esto no era casual. En 1979, en Nicaragua, había triunfado el pueblo, encabezado por el Frente Sandinista de Liberación Nacional, al voltear a Anastasio Somoza –dictador títere de los yanquis- y tomar el poder luego de destruir al ejército. El mismo año en Irán, la monarquía del Sha –aliada también a los EEUU- era derrocada por una revolución popular conducida por el Ayatollah Khomeini, de profunda identidad islámica y antiyanqui. Parecía recomenzar una nueva etapa de avance popular en varios países dominados por el imperialismo. Para contener la rebeldía de los pueblos, y a la vez mantenerlos atados al yugo, era necesario aflojar un poco la cincha.

El Campo Nacional-Popular: El Movimiento Obrero, luego de ser la fuerza social más importante que presentó resistencia a la Dictadura, no encontró otro camino para volcar esa fuerza a lo político que la representación del Partido Justicialista, cuyos dirigentes, como hemos visto, no tenían ni la capacidad, ni el prestigio, para transformar la salida democrática y retomar el camino de la lucha por la Liberación Nacional. Muerto el Líder no estaba claro para nadie cómo iba a ser el “Peronismo sin Perón”.
Muchos de los dirigentes de la Resistencia, y de la posterior lucha por la vuelta de Perón, habían muerto, desaparecido, se encontraban en el exilio, o habían quedado aislados y sin fuerza propia. La conducción oficial del Partido Justicialista se encontraba en manos de políticos sin brillo y de sindicalistas burócratas que se decían “ortodoxos”. Su proyecto político se limitaba a repetir las consignas del 45’. Uno de los principales referentes de este sector era Herminio Iglesias, dirigente del distrito de Avellaneda, antiguo hombre de Vandor –y armador de patotas sindicales-, representaba la expresión más conservadora del peronismo.
Otro sector de la dirigencia histórica lanza el movimiento de la Renovación Peronista. Incorporando la problemática de la defensa de la Democracia, los Derechos Humanos, y la democratización interna del Partido, atrajo, entre otros, a una gran cantidad de militantes dispersos de lo que había sido la Tendencia Revolucionaria del Peronismo y a diversos sectores progresistas. Su principal dirigente era Antonio Cafiero, un histórico de la primera hora, que había sido Secretario de Comercio Exterior en la primera época peronista y ministro de Economía durante la presidencia de María Estela Martínez.
La Renovación representó el intento más serio por reformular el sentido del peronismo como Movimiento Popular luego de la muerte del Líder y la derrota sufrida a manos de la Dictadura, y presentar una alternativa de gobierno desde el lugar de oposición a Alfonsín. Sin embargo, en sus lineamientos más estratégicos, terminaba ubicando al peronismo como un partido más del sistema democrático-liberal, dejando de lado en los hechos el problema central de la Argentina: su situación de dependencia del imperialismo a través de la dominación de la Oligarquía, y el rol histórico con que había surgido el peronismo: el de ser el eje vertebrador de un amplio Movimiento Revolucionario de Liberación Nacional.
A la par de estos realineamientos, por abajo, se iban reagrupando y reconstituyendo variadas corrientes políticas. Algunas, herederas de la lucha de los 70’, como “Intransigencia y Movilización” –luego “Peronismo Revolucionario”-, y el “Peronismo de Base”.
Por fuera del peronismo aparece, con cierta importancia, el Partido Intransigente. De lejano orígen radical, y conducido por Oscar Alende, adoptó un perfil nacional-popular y constituyó un espacio donde se reagruparon numerosos militantes de la izquierda revolucionaria de los 70’.
En el campo de la izquierda, que históricamente había recorrido un camino separado del movimiento popular también se producen importantes transformaciones. El Partido Comunista, que tradicionalmente había sido profundamente antiperonista, políticamente moderado, y con la mirada puesta en lo que pasaba en la Unión Soviética, sufre grandes cambios internos: se deshace de sus viejos dirigentes que habían apoyado a la dictadura –realizando una profunda autocrítica- y  se identifica con los procesos revolucionarios latinoamericanos; levantando como referencia la figura del Che Guevara, adopta posiciones revolucionarias que hasta el momento nunca había tenido. Otra formación política que surge con cierta fuerza es el MAS, Movimiento al Socialismo; conducido por Luis Zamora, este partido de raigambre trosquista construye un relevante espacio de izquierda, con una estructura movimientista y diferente de los pequeños grupúsculos sectarios que históricamente habían caracterizado a esta vertiente política, tiene durante el período un notable crecimiento.

El Campo Antinacional: Los militares se repliegan a los cuarteles en medio de un profundo desprestigio, van a ir perdiendo la relevancia política que habían tenido como “Partido Militar” defensor de los intrereses de la Oligarquía. Derrotado el Peronismo en elecciones libres, diezmada su base social y destruída su vitalidad como fuerza revolucionaria, las Fuerzas Armadas dejan de ser necesarias como herramienta de control político y sólo van a intervenir en defensa de su impunidad por los crímenes cometidos durante la Dictadura. La Oligarquía ahora ha consolidado y acrecentado su poder económico y tiene la capacidad de condicionar al gobierno democrático e influir en las conducciones de los principales partidos políticos de orígen popular: el radicalismo y el peronismo. Al mismo tiempo ensaya la formación de un partido político propio: la UCEDEUnión del Centro Democrático, conducido por Alvaro Alsogaray –hiperliberal, antiperonista rabioso, golpista reincidente y ministro de cuanto gobierno militar hubiera, representaba en una sola persona la síntesis de lo más antipopular y antinacional de nuestra historia- comienza a observar un pronunciado crecimiento electoral y organizativo, inédito para un partido definidamente gorila, captando la adhesión de considerables sectores de la clase media y de la Oligarquía.

La condiciones económicas

El gobierno democrático asume la conducción del Estado en condiciones inéditas y absolutamente diferentes a cualquier experiencia gubernamental anterior. La Dictadura había finalizado en un estado de severo estancamiento, con alta inflación, una deuda pública impagable, la industria nacional devastada, y la misma estructura y dinámica del funcionamiento económico nacional transformada por entero. Durante un primer y breve período asume la gestión del Ministerio de Economía Bernardo Grinspun. En el curso del mismo lleva a cabo  un intento de política de crecimiento, con expansión del mercado interno y redistribución de la riqueza. El capital financiero nacional y transnacional presiona con dureza al nuevo gobierno a través del FMI, lo que dispara una ríspida confrontación verbal entre el ministro y las autoridades del organismo internacional. Este intento, más allá de tener como objetivo el aumento de salarios y del consumo popular, fracasa sin pena ni gloria, ya que no toma en cuenta las nuevas condiciones en que se halla el país, las dimensiones e importancia del nuevo poder económico de la Oligarquía, y la necesidad de una gran acumulación de poder social necesaria para enfrentarlo. Al cabo de este primer tramo de democracia, si bien se realizan denuncias e investigaciones sobre el fraude de la deuda externa, las autoridades financieras terminan convalidando la estatización de la deuda privada.

En una segunda fase de la gestión económica, eyectado ya Grinspun del Ministerio de Economía, asume al mando de la cartera Juan Vital Sourrouille, un economista ligado a la Unión Industrial Argentina y al Grupo Techint (uno de los mayores Grupos Económicos locales), y ex-funcionario de la Dictadura. Este cambio de elenco implicó un profundo giro en la política económica. El Gobierno, ahora, establece una alianza con un selecto conjunto de Grupos Económicos, los más poderosos y los que más se habían enriquecido con las políticas de la Dictadura Militar: la cúpula misma de la Oligarquía, llamados también “Los Capitanes de la Industria”. 

El Gobierno lanza el Plan Austral, que entre otras cosas determinaba una cambio de moneda: del Peso Argentino pasamos al Austral. Este plan apuntaba a detener el crecimiento de la inflación y promover la salida exportadora de los grandes grupos económicos. Para ello decreta la congelación de precios –mediante un acuerdo con la cúpula empresaria- y de los salarios –con el desacuerdo unánime de los trabajadores.

Durante cierto tiempo el plan tiene cierto éxito, al menos en cuanto a contener la inflación de precios, aunque poco a poco comienza a verse desbordado: por un lado, por los empresarios que van resquebrajando el acuerdo de congelación de precios, realizan aumentos en sus respectivas empresas, y como los Capitanes de la Industria controlan un conjunto de sectores estratégicos y  altamente concentrados del aparato industrial, ello conlleva aumentos a lo largo de toda la cadena de producción y comercialización, alimentando nuevamente la inflación; por otro lado, por la resistencia de los trabajadores que, luego de años de penurias bajo la Dictadura, se encuentran con la congelación de sus salarios y la postergación de sus necesidades y esperanzas, por parte de un gobierno que pedía más y más sacrificios y pretendía alimentar, curar y educar con la sola repetición de la palabra “democracia”. De esta manera se va desarrollando una intensa conflictividad social y un progresivo deterioro económico.

Los trabajadores despliegan una creciente movilización y combatividad, llegando a producir más de quince paros generales. Los Grupos económicos piden más y más, todo a costa del Estado. Los productores agropecuarios, circunstancialmente afectados por los bajos precios internacionales de los granos y los impuestos a la exportación, protestan ruidosamente: así, cuando un día Alfonsín concurre a la Exposición Rural de Palermo, la Oligarquía en alpargatas –la que se quedó sólo con la tierra y no se diversificó-  lo rechifla estridentemente.

El Plan Austral se cae a pedazos y se profundiza la crisis económica. El Gobierno lanza, como recambio, el Plan Primavera mientras el pueblo tirita de frío. Pero la alianza con los Capitanes de la Industria de todos modos se va disolviendo irreversiblemente. Como manotazo de ahogado –y presagio de lo que vendrá más adelante- aparecen los primeros proyectos de privatizaciones con la intención de atraer capitales inversores extranjeros que puedan ayudar a repechar la crisis: son los proyectos de privatización de Aerolíneas Argentinas y de la explotación del petróleo. Pero de nada sirve. La inflación se desboca, hasta que en pocos meses, lo que costaba diez australes pasa a costar diez mil. Es el final. Para evitar que los ingresos se esfumen, cada vez más argentinos se vuelcan a la compra de dólares, con la consecuencia imaginable: el precio del dólar galopa cabeza a cabeza con los índices de inflación. Con la hiperinflación, la experiencia del Gobierno radical termina en catástrofe.

Los “Dos Demonios”

Asumido el nuevo Gobierno democrático, debía afrontar la deuda de los militares con los argentinos, por los crímenes cometidos durante la Dictadura, por los desaparecidos, muertos y encarcelados, por el hecho mismo del golpe del 76’ y por gobernar con las botas y el fusil como único fundamento de la legalidad. El radicalismo pudo haber hecho esto de muy diversas maneras según el tipo de Gobierno que aspirara a construir. Eligió hacerse el sota con el pasado, con su pasado, y con la verdad histórica. Inventó la “Teoría de los dos demonios”.

Esta “teoría” fue un discurso y un mensaje que el Gobierno fue instalando a través de todos los medios –diarios, revistas, radios y TV- y repetido contínuamente por toda una cohorte de periodistas, comunicadores, opinólogos y políticos. A grandes rasgos afirmaba que lo ocurrido durante el Gobierno peronista y luego, como continuidad, durante la Dictadura, había sido un enfrentamiento entre dos grupos armados –minoritarios e irracionales- de la sociedad, quedando el resto de los ciudadanos atrapados entre dos fuegos. De un lado, lo que el oficialismo –usando el mismo lenguaje de los represores- denominaba la “subversión”, o el “terrorismo”; y por otro los militares, que en la represión a los primeros –legítima y justificada- habían cometido una gran cantidad de crímenes al emplear métodos ilegales de represión. Así, demonios de un lado y demonios del otro, y la sociedad en el medio agredida por ambos en su enfrentamiento.

De este modo se hablaba de desaparecidos que eran “inocentes”, que no “tenían nada que ver”, o “no estaban metidos en nada”, admitiéndo tácitamente que había desaparecidos que eran culpables, o que “andaban en algo”, en cuyo caso se admitía que hubieran sido desaparecidos, o en todo caso que deberían haber sido reprimidos legalmente.

Este enfoque tergiversado sobre la disputa entre el Pueblo y la Oligarquía tenía una serie de consecuencias nefastas:

1) Se ocultaba la identidad, tanto de los desaparecidos, como de los supuestos “subversivos” o “terroristas”. Los desaparecidos no habían sido militantes del  pueblo –armados o no-, parte un vasto proceso de movilización popular en pos de la Liberación Nacional, sino simples víctimas pasivas de los militares sanguinarios. Y los integrantes de las Organizaciones Armadas –surgidas a fines de los sesenta y principios de los setenta- que habían resistido a las Dictaduras y motorizado la lucha contra la Oligarquía con el máximo grado de compromiso y sacrificio, terminaban siendo “terroristas” o “subversivos” –delincuentes, en definitiva- que hubieran debido ser reprimidos dentro de la ley.

2) Se aproximaba, sospechosamente, a la versión que, sobre su rol en la Dictadura, daban los militares: estos habrían intervenido para “salvar” al país de la agresión originada en la “subversión comunista”. En ese proceso habrían cometido “errores” y “excesos” que no invalidaban lo legítimo y necesario de su intervención.

3) Ocultaba la naturaleza real del conflicto argentino: la lucha del Pueblo por la Liberación Nacional contra las fuerzas de la Oligarquía y el Imperialismo por mantener la dependencia y la sumisión. El conflicto, antes y durante la Dictadura había sido, en cambio, producto de la “locura” y la irracionalidad de los militares y del terrorismo.

4) El radicalismo como fuerza política quedaba exculpado de toda responsabilidad que le pudiera haber  cabido en el proceso histórico: los radicales no habían promovido golpes militares –de la Libertadora en adelante-, no habían participado en elecciones con el peronismo proscripto, no habían colaborado con los gobiernos militares -proveyendo funcionarios, intendentes y embajadores-, no se habían lavado las manos en las vísperas del golpe del 76’… nada de nada. Con el enfoque que ponía a la “sociedad” como agredida desde dos extremos por sendos demonios, los radicales, se lavaban la ropa y aparecían como representantes de esa “sociedad” abstracta, sin tener nada que ver en el conflicto, como los verdaderos y auténticos demócratas. Esto calzaba a medida con la estrategia de Gobierno que adoptaron, como veremos más adelante.

5) También quedaban exentos de responsabilidades, y oculto su rol, los Grupos Económicos que más se habían beneficiado en la Dictadura, y que habían dictado sus políticas económicas. Una vez cumplida la función de reprimir al Movimiento Popular, la Oligarquía se desentendió del destino de los militares, y continuó haciendo sus negocios con el Gobierno democrático.

En lo político, este discurso de los “Dos Demonios” se tradujo en el impulso al enjuiciamiento de, por un lado, los jefes de las Juntas Militares que habían ejercido el Gobierno durante la Dictadura, y por otro, a los sobrevivientes de la conducción del Movimiento Peronista Montonero: Mario Firmenich, Roberto Cirilo Perdía, Fernando Vaca Narvaja, Oscar Bidegain –ex gobernador de la Provincia de Buenos Aires-, y Ricardo Obregón Cano (este fue el caso que se reveló lo más grotesco de la política alfinsinista: se trataba del ex gobernador de la Provincia de Córdoba que, en 1975, un golpe policial inspirado por los sectores más contrarrevolucionarios del peronismo lo había depuesto de su cargo, luego, amenazado de muerte por las tres A, marchó al exilio). Se ponía en el banquillo de los acusados a representantes “emblemáticos” de las dos “facciones” que habían agredido a la sociedad. Las causas judiciales alcanzaban también, poniéndolos fuera de la ley, a otros militantes populares. La verdad histórica brillaba por su ausencia.

Paralelamente se formó, desde la Presidenciala CONADEP, Comisión Nacional investigadora sobre la Desaparición de Personas, integrada por un conjunto de “notables”, algunos de los cuales habían apoyado a la Dictadura en sus inicios –caso del escritor Ernesto Sábato-. Esta comisión realizó una exhaustiva, aunque incompleta, investigación sobre casos de desaparecidos –el relevamiento alcanzaba la cifra de 8700 casos de desapariciones-, recogiendo testimonios y revelando el sistema de Centros Clandestinos de Detención que habían montado los militares –auténticos “Campos de Concentración” de los que se enumeraban 340-, y culminando su tarea en la publicación de un informe titulado “Nunca Más” donde se condenaban a los “dos extremismos” y se refería a los “delitos de los terroristas”.

Esta y otras investigaciones dieron lugar a una extendida serie de denuncias y causas judiciales que trataban de determinar a los responsables materiales de la represión. De esta manera numerosos militares fueron encausados por su accionar concreto en la desaparición y muerte de argentinos. Pronto comenzaron a aparecer síntomas de “intranquilidad” en las filas de las Fuerzas Armadas, a lo cual el Gobierno trató de responder con alguna “solución” que limitara la cantidad de militares pasibles de ser juzgados, síntoma claro de que más allá del juicio a los jefes de la Dictadura, no tenía intenciones de castigar realmente a los culpables de la represión, ni de llegar al fondo de la verdad.

En 1986 el Gobierno promovió la llamada Ley de Punto Final, que estipulaba un plazo límite de sesenta días para iniciar nuevos juicios a militares. Sin embargo, y pese a ello, la intranquilidad militar se precipitó en acontecimientos que tensaron al máximo el clima político del país, y  desencadenaron una importantísima movilización de todas las fuerzas políticas –excepto las declaradamente gorilas- y, por parte del Gobierno Radical, una monumental burla al pueblo, ya que terminó arrugando cobardemente cuando los militares mostraron los dientes.

En Semana Santa de 1987 un grupo de militares, al mando del Teniente Coronel Aldo Rico –un Oficial de prestigio en el Ejército, que no había participado en la represión durante la Dictadura, y por otro lado, había tenido un heroico desempeño en la Guerra de Malvinas-, se sublevó en la Escuela de Infantería de Campo de Mayo. La rebelión manifestaba su desacuerdo y protesta por las causas judiciales que involucraban a militares responsables por la desaparición de personas. En su mayoría jóvenes Oficiales, se consideraban traicionados por los mandos del Ejército, desconocían a las autoridades y reclamaban impunidad por lo actuado durante la Dictadura. Los militares rebeldes fueron bautizados como “carapintadas” ya que se presentaban con el rostro tiznado con pintura de camuflaje. En todo el país se desencadenaron multituduinarias movilizaciones en defensa de la democracia cuestionada por el levantamiento militar. El Gobierno de Alfonsín, vacilante y timorato, ordenó que los sublevados fueran reprimidos, pero las fuerzas militares supuestamente leales al gobierno –y a la democracia- no llegaban nunca e iba quedando claro que no tenían la menor intención de reprimir a sus camaradas. Esto desnudaba la debilidad institucional y política del Gobierno ante el curso de los hechos, y el callejón sin salida en que se encontraba. Por un lado, con las plazas y las calles desbordantes de gente, situación que había promovido el mismo Gobierno a través de los medios y que se había transformado en una papa caliente con la cual no sabía qué hacer, ya que no podía mandar a la gente de vuelta a su casa a la espera del desnlace de los acontecimientos. El pueblo había salido a la calle para defender la Democracia –con un grado de masividad que no se veía desde antes de la Dictadura- y exigía respuestas y castigo a los militares sublevados. Por otro lado, en Campo de Mayo los Oficiales sublevados estaban campantes como en su casa, dando entrevistas a todos los medios presentes ante la repulsa del pueblo movilizado. Era un escenario donde, incluso, había quienes estaban decididos a asaltar los cuarteles para hacer justicia popular. El Presidente Alfonsín, finalmente fue en persona a Campo de Mayo, para negociar cara a cara con los amotinados, y pactó la deshonrosa Ley de Obediencia Debida. Esta ley determinaba que todos los Oficiales que habían participado en la represión habían actuado obedeciendo órdenes de sus superiores y, por lo tanto, estaban excluidos de culpas, cargos, responsabilidades y sanciones legales.

El saldo de este episodio fue la sanción en el Congreso de las Leyes de Impunidad. Fue una grave derrota para el Campo Nacional-Popular, ya que la movilización alcanzada no bastó para disuadir a los militares de su actitud sediciosa, ni para empujar al Gobierno a actuar con dureza con los Oficiales sublevados y avanzar en el camino de la justicia y la verdad. Quedó instalada también la sensación de que “no era conveniente” ir, ni muy lejos, ni muy rápido, en la búsqueda de justicia, ya que ello ponía en peligro la frágil restauración democrática.

El Gobierno de Alfonsín quedó sumamente desprestigiado y debilitado: con sus vacilaciones, ambigüedades y falta de decisión, mostró que más allá de la retórica democrática no pensaba cuestionar a los poderes dominantes. Por añadidura, dejó en claro que no quería articular la movilización popular con las acciones de gobierno para construir otro poder, que le permitiera avanzar hacia donde decía ir.

El campo Nacional-Popular: El Movimiento Obrero –cuestionada aún su estrategia luego de la derrota electoral- fue liderado por la CGT bajo la conducción de Saúl Ubaldini, y nuevamente se puso a la cabeza de la resistencia a las políticas de ajuste del Plan Austral, y al intento de socavar las organizaciones del movimiento obrero.
Desde el comienzo de su gestión, el Gobierno radical pretendió avanzar sobre las organizaciones sindicales a través de la reforma de la Ley de Asociaciones Profesionales, la legislación marco de los sindicatos. Ya al asumir la presidencia, Alfonsín había anunciado su intención de quitar la personería jurídica a las Organizaciones Sindicales que hicieran política partidaria, obvia alusión a la casi totalidad del Movimiento Obrero, identificado históricamente con el Peronismo y columna vertebral del mismo. El sentido de este accionar confrontativo estaba en sintonía con la actitud vista más arriba en relación a los crímenes de la Dictadura: el radicalismo se autoproclamaba representación de la “sociedad civil” y desligado, tanto de los conflictos sociales anteriores, como de lo que denominaba sectores corporativos de la sociedad, en consecuencia desconocía la legitimidad de los reclamos y planteos sindicales, ya que se salían de los marcos de la representación democrática parlamentaria. En definitiva trataba de incidir en el interior de las organizaciones gremiales a fin de “desperonizarlas” y contar con dirigentes más afines.
El “ubaldinismo” se  fue conformando como el sector más combativo y consecuente del Campo Nacional-Popular, si bien representaba formalmente a un conjunto de sindicatos de menor peso –los que más habían sido afectados por las políticas desindustrializadoras de la Dictadura- extendió su influencia hacia fracciones internas de otros gremios, a otras organizaciones populares, y sectores golpeados por la crisis, como los jubilados y desocupados.
El Gobierno radical, fracasado su intento de modificar la legislación reguladora de la actividad sindical, intentó quebrar el frente opositor e intentó alianzas con algunos de los gremios más poderosos y dialoguistas para desplazar a Ubaldini de la conducción de la CGT, aunque esta línea dea acción, finalmente, también fracasó.
La fractura del peronismo quedó momentáneamente saldada, en 1985, con el triunfo de la Renovación por sobre los sectores más ortodoxos. En 1987, al compás de la crisis y del deterioro del Gobierno alfonsinista, el peronismo gana las elecciones a gobernador en la Provincia de Buenos Aires, significando un avance de la Renovacion liderada por Cafiero.
Más allá de los vaivenes internos del Peronismo, se comenzaban a evidenciar algunos de los efectos menos visibles de la experiencia de la Dictadura: la incidencia del sindicalismo –pese a la notable capacidad de movilización desplegada- comenzaba a declinar, especialmente de los gremios ligados a la industria. Se vivía en un país con creciente desocupación, con cada vez mayor cantidad de trabajadores por fuera del empleo formal tradicional –en blanco, con aportes previsionales, obra social y representción gremial- que conseguían empleos precarios o se dedicaban al cuentapropismo.
Las villas y barrios empobrecidos de la Capital Federal y del Gran Buenos Aires iban, de a poco, teniendo una Historia, contaban ya con más de una generación surgida de su seno. Esta realidad iba conformando una relación con el trabajo y con la política sustancialmente distinta de la vivida en los cuarenta años anteriores. El trabajo tenía cada vez más la función de permitirles a las familias “ir zafando”, sin demasiadas perspectivas de progreso; y la política, que para los más humildes siempre había sido el peronismo su representación y su identidad, también en este plano se iba modificando: de la misma manera que la sociedad mostraba mayores signos de estancamiento y ofrecía muy escasas posibilidades, el peronismo iba perdiendo su discurso de transformación social, y su rol de movilizar para ganar, sin un proyecto de liberación a la vista. Se movilizaba ahora para ganar elecciones, que significaba el acceso a recursos a través de la estructura partidaria, pero no cambiaba en nada las condiciones del país.
El peronismo resolvía, con el tiempo, su dilema: o era un movimiento de liberación, con lo cual su identidad popular iba cobrando un sentido permanentemente renovado, o era un partido más de la democracia liberal de la Argentina dependiente, y con eso, transformaba a sus bases populares en una clientela electoral. En las proféticas palabras de Evita: “el peronismo será revolucionario o no será nada”.

El Campo Antinacional: Luego de los episodios de Semana Santa de 1987, se volvieron a repetir pronunciamientos militares, y surge dentro de la fractura que parece insinuarse en el Ejército, el liderazgo del Coronel Mohamed Alí Seineldín. Al igual que Rico, había tenido un digno desempeño en la Guerra de Malvinas, a lo cual se sumaban –como contracara- denuncias sobre su implicación en la represión durante la Dictadura. A la defensa de los oficiales imputados por los hechos del Terrorismo de Estado, sumaban la reivindicación de lo actuado durante el Gobierno militar como “Guerra contra la subversión”, y ciertos planteos nacionalistas contra lo que denominaban “sectores liberales” del ejército. El desarrollo de estas nuevas sublevaciones militares –Monte Caseros en 1988, y Villa Marteli en 1989- no aportó solución de ningún tipo al conflicto, ni tampoco el Gobierno de Alfonsín volvió a apelar a la movilización popular. Esta, sin embargo, se produjo de todos modos, con ciertos grados de organización en el último caso, lo cual derivó en tiroteos e incidentes, con muertos y heridos.
Los militares en rebeldía, con un confuso y contradictorio discurso, planteaban un problema que el Gobierno no había sabido, ni interpretar, ni admitir, ni mucho menos solucionar: el rol de las Fuerzas Armadas en la Argentina post-Dictadura, y la profundidad que debía tener una auténtica política de recuperación de la verdad histórica. Los planteos nacionalistas de los sectores rebeldes, parecían acercarse –en parte, al menos- a la verdad de la función que habían cumplido durante la Dictadura: la de ser el brazo Armado de la Oligarquía en la represión del Pueblo, para que ésta pudiera consumar el saqueo del País. Persistían, sin embargo –e incluso hasta hoy-, en la explicación de que habían defendido al país de una “agresión subversiva”.
El curso de la crisis económica fue dejando traslucir las diferencias y contradicciones que se daban al interior del bloque de la Oligarquía, las cuales fueron también causas del desenlace.
En el plano económico, el peso de la deuda externa, el deterioro del funcionamiento de las empresas del Estado –producto del desmanejo de los funcionarios que las administraban, en complicidad con los empresarios contratistas-, el peso económico de los regímenes de promoción industrial y de las regulaciones económicas que ejercía el Estado, el desabastecimiento de productos de consumo masivo –que resultaba de los contínuos aumentos de precios y la incertidumbre que esto generaba-, el sabotaje al mercado de cambios por parte de los grandes exportadores y financistas –que disparaba el aumento imparable la cotización del dólar-, todo esto mostraba que dentro del bloque dominante de la sociedad, en el seno de la Oligarquía, se había desatado una feroz disputa interna por el reparto de la riqueza.
En este punto es importante señalar lo siguiente: cuando se analizan fenómenos económicos es frecuente hacerlos aparecer desligados de la actividad práctica de las personas y de los grupos sociales, de esta manera se habla del “humor de los mercados”, por ejemplo, o en el caso de la inflación se pueden escuchar estrafalarias explicaciones que la hacen aparecer como si fuera un fenómeno   natural, como las tormentas, las inundaciones o los terremotos, donde la voluntad humana no tiene nada que hacer, o, en todo caso la culpa la tienen los trabajadores por reclamar aumentos de salarios. Esto forma parte de la colonización ideológica que, a diario, ejercen las clases dominantes, dando explicaciones falsas y señalando como causas de los problemas sociales y económicos cosas que no lo son, cuando la realidad suele ser mucho más simple, sólo que nunca se hacen cargo de los que les toca.
En el caso de la inflación –señalada como la causa de todos los males, y justificativo más adelante para las privatizaciones, el uno a uno del peso con el dólar, y la destrucción del estado- ocurre lo señalado. Los cambios en los precios de la economía no ocurren porque sí, detrás de cada precio hay un sector de la sociedad: detrás de los salarios –que es el precio del trabajo- están los trabajadores, destrás de los precios de las mercaderías de consumo masivo están los empresarios que las fabrican y las comercializan, detrás de las tasas de interés –que es el precio que se requiere para obtener  dinero prestado- están los bancos, detrás del precio del dólar están los grandes exportadores –que cobran en dólares las mercaderías vendidas en el exterior y las cambian por pesos. De esta manera, cuando hay inflación lo que se está desarrollando es una disputa de cada sector por apropiarse de la riqueza producida: todos quieren vender lo suyo al mayor precio posible en desmedro del resto, y lo logran, o no, en función del poder social y económico que poseen. En el caso de la hiperinflación, esa disputa toma las características de una batalla campal y despiadada.
Así fue, entonces, lo sucedido en el Gobierno de Alfonsín. El caso es que quien mostró estar en condiciones más débiles fue el conjunto de la clase trabajadora, ya que a los aumentos de salarios que se lograban, la inflación los evaporaba con una velocidad trepidante. Espectadora de la disputa entre los poderosos, que se enriquecían en medio de la catástrofe económica, su accionar –pese al despliegue de movilización y combatividad- fue meramente defensivo. Esta situación mostraba también, la debilidad estructural en que había quedado la clase trabajadora luego de la Dictadura: en uno de los escenarios de la disputa por la distribución de la riqueza –como es el movimiento de los precios de la economía-, se veía cuánto había retrocedido en comparación con etapas anteriores, y cuánto más fuertes eran los Grupos empresarios de la Oligarquía.
En estos tiempos comienza a tomar fuerza el discurso privatizador. Desde los medios, y bancados por las “empresas a las que les interesa el país”, un grupo de periodistas entre los que descollaban Bernardo Neustadt y Mariano Grondona –gorilas a sueldo y eternos laderos de los poderosos-, machacaban incansablemente sobre la ineficiencia de la empresas estatales, sobre las pérdidas que su deficiente funcionamiento le originaba al Estado, y en general atacaban la idea de que el Estado debiera intervenir en la economía. A partir de datos reales, estos “periodistas independientes”, construían toda una fábula, en la que pasaban de largo por las causas verdaderas del problema, y sindicaban como origen de todos los males sociales, por un lado al hecho de que el Estado administrara diversas empresas de servicios públicos, y por otro a los trabajadores de esas empresas.

Los realineamientos dentro del Peronismo se saldaron finalmente en elecciones internas, en las que triunfó Carlos Saúl Menem –por entonces Gobernador de La Rioja-, que pasó a ser el candidato a la presidencia de un amplio frente electoral encabezado por el Justicialismo, y al que se sumaron otras fuerzas populares: el FREJUPO (Frente Justicialista de Unidad Popular).

Menem fue armando su candidatura con un discurso nacionalista que apelaba a los valores históricos del peronismo. Prometía una “Revolución Productiva” y un “Salariazo”, y sin hacer mayores propuestas concretas sobre cómo resolver la grave crisis que vivía la Argentina, transmitía un mensaje sumamente emotivo que apelaba a la esperanza. Desde la política más tradicional era visto como un folklórico y extravagante caudillo provincial: en aquel tiempo solía aparecer vestido de poncho, usaba pelo largo y gruesas patillas, se codeaba con la farándula y corría carreras de rally.

El radicalismo, desprestigiado por el fiasco que había sido el Gobierno de Alfonsín, llevó como candidato presidencial a Eduardo Angeloz, Gobernador de Córdoba. Este trató sin mucho éxito de diferenciarse del Gobierno: llevó a cabo una campaña donde prometía ajustes y privatizaciones, asumía posiciones críticas sobre ciertos matices de la política económica, y desplegaba un discurso profundamente gorila, que se burlaba del aspecto folklórico de Menem y lo acusaba de “demagógico”. Pero de nada le sirvió.

En las elecciones del 14 de Mayo de 1989, el peronismo ganó con una mayoría del 47 %, sobre los radicales que alcanzaron el 32 %. De esta manera resultaron electos para los cargos de presidente y vice Carlos Menem y Eduardo Duhalde –por entonces un dirigente menor del PJ bonaerense.

Sobre el final del Gobierno de Alfonsín, antes de que asumiera Menem la Presidencia –y a medida que la inflación se descontrolaba–, en barrios humildes del conurbano bonaerense, de Rosario, Córdoba, y luego extendiéndose a muchos otros lugares del País, comenzaron a producirse saqueos. Los sectores más humildes, y por tanto los más castigados por la hiperinflación y el empobrecimiento súbito y generalizado que ello provocaba, se lanzaron sobre los supermercados para redistribuir la riqueza por mano propia. Esto fue un proceso: espontáneo en la medida en que no era convocado por ninguna fuerza social o política, y con una cierta organización a partir de los barrios que se decidían a avanzar sobre tal o cual local de venta determinado. De todos modos, enseguida derivó en un combate de pobres contra pobres, donde el accionar de las fuerzas policiales fogoneaba enfrentamientos entre vecinos y esparcía rumores sobre inminentes saqueos de barrios por parte de otros barrios cercanos. El Gobierno estableció el Estado de Sitio, y mediante una dura represión que tuvo que contar varios muertos, las aguas se fueron calmando. Como consecuencia de estos desórdenes, Alfonsín renunció antes del plazo estipulado para el traspaso de Gobierno y se fue cuando habían pasado sólo dos meses de las elecciones

El Campo Nacional-Popular: Desarrolló la resistencia a las políticas económicas del Gobierno y con ello una importante acumulación de fuerzas, pero se movió en un plano defensivo: peleaba para recuperar la pérdida del poder adquisitivo de los salarios, peleaba contra los primeros intentos privatizadores, etc., todavía tratando de recuperar las posiciones perdidas a manos de la Dictadura. Sin embargo no lograba superar la crisis que arrastraba desde la muerte de Perón, ni formular un proyecto estratégico propio. Organizativamente, el Partido Justicialista seguía siendo la principal herramienta político–electoral en donde el Movimiento Obrero, y demás organizaciones populares, depositaban lo acumulado en la pelea para darle continuidad institucional. Si bien se fueron logrando importantes niveles de movilización, superando de a poco la cultura del miedo dejada por el Terrorismo de Estado, este último, junto a la teoría de los “Dos Demonios”, todavía pesaban y limitaban el debate político sobre el Proyecto de Liberación necesario para la Argentina.

El Campo Antinacional: La Oligarquía, por su parte consolidó las posiciones ganadas durante la Dictadura, y a la vez eludió los cuestionamientos que pudieran apuntar hacia ella en el marco de la apertura democrática. Sobre el final del Gobierno radical se desataron fuertes disputas internas por la apropiación de los recursos de Estado, lo que fue una de las causas de la hiperinflación.
El sector financiero se vio afectado cuando el Gobierno se vio en problemas para continuar los pagos de la Deuda Externa, los Grupos Económicos y las Transnacionales pedían más y más beneficios de promoción industrial y continuaban sus negociados con las empresas estatales, los terratenientes agropecuarios protestaban por los impuestos a las exportaciones que debían pagar. Todos tenían en común una cosa: se disputaban recursos provistos por el Estado, el cual los obtenía de los impuestos –que incidían más sobre los más humildes-, con endeudamiento y emisión monetaria. Todos jugaban fuerte especulando en los mercados financieros y de cambio. El choque de estos intereses desencadenó el ciclo de hiperdevaluaciones e hiperinflación. Ninguno tenía un proyecto de país mínimamente sustentable, medraban en el estancamiento de la Argentina y se peleaban por los despojos que había dejado la Dictadura.

La hiperinflación, finalmente, resultó una vivencia traumática para todos los argentinos: la experiencia de ver cómo día a día, y en ciertos momentos con el correr de horas, se desvalorizaba el dinero de los sueldos, junto con la especulación salvaje, el desabastecimiento de mercaderías y los saqueos, prepararon el terreno para que la sociedad le creyera al primer vendedor de espejitos de colores que asegurara alguna solución, sin importar lo que costara.


13
 1989-1999: Menemismo y después

Cuando Carlos Saúl Menem asume el Gobierno de la Argentina, el mundo, en sintonía con la crisis nacional, atravesaba un período de profundas transformaciones, que remodelarían todos los parámetros bajo los cuales se había desarrollado la política nacional e internacional desde la posguerra.

En la Unión Soviética, que se disputaba con los yanquis el dominio del planeta, culminaba un período de estancamiento económico y político que desencadenó su colapso en 1989, luego de que sus líderes ensayaran un fallido proceso de reformas denominado Perestroika. Esto modificó absolutamente todo el tablero de la geopolítica mundial. Los países que, luego de la Segunda Guerra Mundial, habían estado bajo su influencia, uno a uno se fueron independizando de su dominio y cambiando su régimen político, en algunos casos violentamente. El símbolo mediático de este cambio de época fue la caída del Muro de Berlín, que durante cuarenta años había partido la capital de Alemania en dos: de un lado el capitalismo occidental, y del otro el comunismo soviético –al menos así era en la mirada de los países centrales. Así finalizaba la mencionada disputa entre los EEUU y la Unión Soviética, que se había dado en llamar Guerra Fría.

A partir de este momento, las potencias imperialistas centrales concluyeron que, con el colapso del sistema soviético –el único que se había propuesto organizar la sociedad de manera diferente a la conocida hasta entonces-, lo que había triunfado era el capitalismo. También, en paralelo a la crisis y al derrumbe comunista, entraba en crisis el particular modelo de capitalismo predominante hasta ese momento: el llamado Estado de Bienestar. Como ya no había un sistema rival, se podían descartar las diversas reformas sociales redistributivas que se habían ensayado como respuesta al mismo. Lo mismo se proclamaba para los países dependientes que habían intentado un camino de desarrollo económico con inclusión social. Se proclamaba el Fin de la Historia y la muerte de las ideologías. De aquí en adelante la consigna era privatizar, desregular, flexibilizar. El objetivo era un capitalismo de libre mercado que resolvería por sí mismo todos los problemas sociales y económicos.

Este proceso se manifestó en la política internacional como una decidida ofensiva imperialista. La reacción apuntó especialmente a las procesos de liberación nacional más recientes:
·       Así, durante toda la década de los 80’, los yanquis habían jaqueado a la Gobierno Revolucionario de Nicaragua mediante un ejército mercenario hasta que, en las elecciones de 1990, bajo la extorsión de continuar con la Guerra Civil, los Sandinistas perdieron la elecciones.
·       En Iran, al poco de tiempo de la toma del poder por la revolución, los EEUU apoyaron la guerra que Saddam Hussein desató desde Irak contra el Gobierno Islámico. Luego, cuando el mismo Hussein quiso desarrollar una política regional autónoma, George Bush padre desencadenó la primera Guerra del Golfo.
·       Panamá, por su parte, había sido invadida con cualquier excusa para voltear a su Presidente, Manuel Noriega, que se había plantado con dignidad exigiendo la devolución del Canal interoceánico.
·       En el caso de Cuba, el derrumbe soviético le había significado una grave crisis, ya que perdía a su principal socio económico. Sobre esto los yanquis profundizaron el bloqueo que mantenían desde la Revolución; pese a ello, sin embargo, la pequeña Isla continuó resistiendo heroicamente.

En lo ideológico, estas transformaciones provocaron una profunda desorientación en el conjunto de los Movimientos Populares, tanto en los países centrales como en el Tercer Mundo. Las ideas de transformación social, de liberación nacional, sufren un duro golpe y entran en crisis. Por un lado, había sucumbido la única referencia donde se había intentado de construir una sociedad por fuera del sistema imperial del capitalismo de los países centrales, y esto cuestionaba severamente los modelos de economía planificada y dirigida desde el Estado. Por tanto, y sin ser el modelo soviético el proyecto específico de los Movimientos Populares, cualquier planteo alternativo al capitalismo de mercado era asociado a ese fracaso. Por otro lado, en el plano de las relaciones de fuerzas, el imperialismo ahora reinaba sólo, sin la existencia de un contrapoder que les permitiera a las naciones periféricas aprovechar ese equilibrio mundial para plantear una Tercera Posición autónoma e intermedia, esto hacía mucho más difícil –casi impensable- presentarle resistencia y confrontar en defensa de sus intereses por un proyecto de liberación.

El modelo neoliberal

Menem asumió el Gobierno, entonces, en medio de una grave crisis nacional, enmarcada en un proceso de cambios mundiales, y con un mayoritario apoyo popular. Las elecciones habían marcado un claro mensaje: en contra de las políticas de ajuste que declamaba el candidato radical, y favor de una revolución productiva y de la ampliación del mercado interno a través del aumento de salarios.

Las condiciones imperantes hacían, de todos modos, sumamente difícil el planteo de una política popular. El Campo Nacional-Popular no había resuelto aún su crisis interna, ni estaba claro cuál era el proyecto estratégico posible en tales circunstancias. Las mayorías populares esperaban que Menem planteara un Gobierno de Salvación Nacional, de posibilidades limitadas dada la quiebra del Estado, pero defendiendo los intereses del Pueblo y de la Nación. Nadie –o pocos- esperaban que hiciera todo lo contrario.

El hecho es que, al poco de asumir, Menem se pronunció por las políticas que el peronismo había repudiado y combatido a lo largo de su historia. Apareció rodeado de una fauna que siempre había estado en la vereda de enfrente del pueblo, y amigote de última hora de conspicuos representantes de la Oligarquía. Anunció que iba a iniciar un exhaustivo proceso de privatizaciones y de reforma del Estado. Se trataba –dijo- de hacer “cirugía mayor sin anestesia”. Así fue.

El primer acontecimiento fue el nombramiento de Miguel Roig como Ministro de Econmía. Se trataba de un alto funcionario del grupo empresario Bunge y Born, uno de los mayores e históricos Grupos Económicos de la Argentina, integrante de la cúpula de la Oligarquía y con intereses diversificados en todas las ramas de la economía. Su gestión fue breve ya que, al morir de un infarto a las pocas semanas, fue reemplazado por Néstor Rapanelli, funcionario también de Bunge y Born. Otra aparición emblemática fue la de Alvaro Alsogaray como asesor personal del Presidente, y la de su hija, la, cada vez más, famosa María Julia, como interventora de empresas. Estos nombramientos significaron una decidida y manifiesta alianza del Gobierno entrante con los grupos más concentrados del Poder Económico. Supuestamente, con esto se ganaría la “confianza” del resto de los actores empresarios, quienes se decidirían a realizar inversiones en la Argentina posibilitando así una salida a la crisis.

Se anunció un vasto programa de privatizaciones y desregulaciones: ello recortaría drásticamente la incidencia del Estado en la regulación de las actividades económicas. Se comenzó por los canales de TV y las radios; ENTEL, la empresa estatal de teléfonos; Aerolíneas Argentinas, la línea aérea nacional; un conjunto de empresas petroquímicas; la concesión –por el mecanismo de cobro de peaje- de diez mil kilómetros de rutas; se comenzó el proceso de privatización de Ferrocarriles Argentinos, Gas del Estado, Obras Sanitarias y SEGBA, casos en los que ni siquiera se vendió la empresa como tal, sino que se desguazaron totalmente los sistemas de transporte ferroviario, sanitario, de gas y de electricidad, vendiéndose por pedazos a una gran cantidad de empresas diferentes; también se inició la privatización de YPF, habilitando a otras empresas a explorar y extraer petróleo de ciertas zonas. Más adelante se continuarían privatizando a precio de regalo muchos otros sectores controlados por el Estado.

La decisión política se basaba en que: el Estado no estaba en condiciones de invertir los recursos necesarios para modernizar las empresas; estas eran ineficientes, daban cuantiosas pérdidas y no cumplían con sus objetivos de proveer bienes y servicios públicos, lo cual se debía a que la administración era estatal; librado el Estado de la carga de financiar tantas pérdidas podría hacer frente la Deuda Externa –que ahora se consideraba perfectemente legítima- y dedicar recursos a la salud, la educación y la justicia. Achicar el Estado era agrandar la Nación.

El Campo Nacional-Popular: el giro hacia el neoliberalismo de Menem fue visto en muchos sectores populares como una traición al proyecto históricamente sustentado por el peronismo. La asunción del nuevo Gobierno, sin embargo, encontró al conjunto del pueblo desmovilizado luego de la crisis hiperinflacionaria, y a la expectativa de lo que deparara la nueva gestión. La novedad de un Gobierno de signo peronista que aplicaba un conjunto de políticas en las antípodas de su tradición histórica generó un gran desconcierto y confusión sobre la posición a adoptar.
El Movimiento Obrero se fracturó ante el avance del proceso privatizador: algunos sectores negociaron vilmente cuando comenzaron los despidos masivos, y otros resistieron duramente. Estos últimos sin embargo, pese a la consecuencia con que lucharon, quedaron aislados y peleando solos. Por una lado, los sectores burócratas y negociadores sostenían que, puesto que el Gobierno era peronista, el Movimiento Obrero debía apoyarlo, aún cuando las medidas oficiales lo afectaran; por otro lado, la grave crisis económica, y la ofensiva ideológica de la Oligarquía, habían generado cierto consenso sobre la necesidad de las privatizaciones, en consecuencia, la lucha de los trabajadores que resistían la privatización y reestructuración de sus empresas, eran vistas como mera defensa de privilegios sectoriales.

El Campo Antinacional: Con la política que desarrolla el Gobierno de Menem, se cierra transitoriamente la crisis que se había abierto al interior de la Oligarquía. Luego un breve interinato de Erman González, asume en el Ministerio de Economía Domingo Cavallo, quien lanza el Plan de Convertibilidad. Consistía en establecer una relación fija entre el peso y el dólar –el uno a uno-, junto a una restricción sobre el uso de las reservas de dólares del Banco Central: por cada peso en circulación debía haber un dólar de reservas. Al mismo tiempo se suprimieron casi todas las restricciones que existían para la importación de mercaderías extranjeras, se desreguló la actividad financiera, los controles de cambios y de movimientos de capitales. Con respecto a la Deuda Externa que permanecía impaga, se posibilitó  tomarla como parte de pago por la compra de las empresas estatales, y el resto se reestructuró, esta última operación –monitoreada por los EEUU- fue denominada Plan Brady (así se llamaba el Ministro de Economía yanqui).
Este plan económico consiguió que pronto la inflación bajara a niveles inéditos en décadas, a la vez que se producía una importante reactivación económica y la llegada de los famosos “inversores”. El dólar, ahora barato, junto a la apertura externa, inundó el país de todo tipo de artículos importados que antes resultaban inaccesibles.
Los acreedores, solucionaban así el problema de la deuda impaga, los Grupos Económicos locales y las Empresas Transnacionales se lanzaron de lleno al negocio de las privatizaciones. El sector financiero, además, contaba con la garantía del uno a uno para llevarse sus ganancias al exterior. De esta manera se formó una sólida “comunidad de negocios” al interior de la Oligarquía que apoyó fervientemente al nuevo Gobierno.
El problema militar, que había recrudecido con una fallida sublevación liderada por el Coronel Mohamed Alí Seineldín, fue igualmente “solucionado”: Menem indultó a las Juntas Militares que habían sido juzgadas y condenadas, y posteriormente les reconocería su actuación en el combate a la “subversión”.
En el plano internacional, Menem, se alineó con los yanquis de un modo tan obsecuente que a ésta política se la denominó de “relaciones carnales”.
El partido justicialista, con algunas honrosas disidencias, se fue encuadrando poco a poco con las políticas del gobierno. La excusa era que dado el marco internacional y la gravedad de la crisis “no había alternativas” al rumbo adoptado. El peronismo –se decía- debía adaptarse a los tiempos, y las políticas que fueron acertadas en su momento, ahora no eran lo apropiado para salir de la crisis, etc., etc. Partiendo de la concepción del peronismo que había predominado luego de la Dictadura –como un partido más del sistema democrático-, la dirigencia justicialista archivó definitivamente los ideales de liberación nacional, y el proyecto que hacía del peronismo un Movimiento político y social representativo del Campo Popular.
De esta manera se fue forjando una alianza entre la cúpula dirigente del justicialismo y el núcleo duro de la Oligarquía. La moneda de cambio para ello fueron las millonarias coimas que se llevaban los dirigentes, para que los grupos empresarios pudieran realizar sus millonarios negocios con leyes dictadas a su medida. Este modelo político es lo que llamamos menemismo.
Los partidos políticos más importantes avalaron en gran medida las políticas del Gobierno: sus críticas se centraron en los actos de corrupción pero no el proyecto de país que se estaba imponiendo.
En la Argentina menemista el imperialismo y el poder económico eran quienes dictaban las políticas nacionales.

Las consecuencias sociales

Con las privatizaciones se produjeron profundas reestructuraciones en las empresas  que se vendían, esto implicó despidos masivos. A partir de allí comenzó a crecer la desocupación. Este fenómeno, que, desde los años cuarenta, siempre había sido insignificante, se transformó en una catástrofe social monstruosa. A eso se sumaron la creciente flexibilización laboral, el crecimiento del trabajo en negro y el congelamiento de hecho de los salarios.

La situación de los trabajadores se fue modificando para peor y con un importante cambio cualitativo: cada vez mayores cantidades de personas quedaban excluídas del mundo laboral. Y cuando se conseguía trabajo las condiciones eran cada vez peores, con salarios bajos, en negro, o en condiciones de trabajo insalubres. Por un lado, se profundizaba la explotación y la pérdida de derechos, y por otro lado, sin trabajo –o sobreviviendo con changas- se quedaba afuera de la posibilidad de una cobertura de salud, de aportes previsionales, etc. En ambos casos los que eran pobres lo eran cada vez más, y quienes todavía podían mantener su forma de vivir carecían de toda perspectiva de mejoramiento y estaban constantemente amenazados de quedar sin trabajo.

Esta situación era inédita, ya que, desde la etapa del peronismo en adelante, la evolución económica y social siempre había sido inclusiva –aún con vaivenes de Dictaduras, Democracia y crisis-, si el país crecía había más posibilidades de trabajo, los salarios aumentaban y se contaba con una amplia gama de derechos que defendían al trabajador. Ahora era todo lo contrario.

Las consecuencias económicas

La marea privatizadora no tuvo límites, a las empresas ya mencionadas se agregaron: ELMA –la marina mercante nacional-, el complejo de industrias de fabricaciones militares, casi todos los bancos provinciales, la infraestructura portuaria, SOMISA y Altos Hornos Zapla –que integraban la producción siderúrgica estatal-, el Correo, los Aeropuertos y el símbolo de la soberanía sobre los recursos naturales: YPF.

Un gran negociado que merece una mención especial –una auténtica estafa- fue la privatización de las jubilaciones. Con el mismo criterio que para el resto, que las cajas jubilatorias estaban desfinanciadas debido a la mala administración estatal, se cambió el sistema que existía desde mediados de siglo. El sistema anterior –llamado “de reparto” o “solidario”- consistía en que los trabajadores activos que hacen sus aportes jubilatorios hoy, financian el pago de las quienes ya están jubilados. De esta manera se da una solidaridad entre las generaciones: el propio aporte contribuye a pagarle a los ya jubilados a cuenta de los pagos que recibirá cuando uno se jubile. Con el nuevo sistema el estado ya no recauda esos aportes, sino que van a parar a las AFJP (Administradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones), que son empresas privadas dependientes de los bancos en su mayoría, éstas “administran” esos fondos en cuentas individuales para pagar la futura jubilación del aportante. La “administración” que realizan estos fondos consiste en la bicicleta financiera, vale decir, la especulación en los mercados financieros nacionales e internacionales. Se supone que con estos “negocios” los aportes no sólo mantendrán su valor sino que lo incrementarán, pero ya ha quedado a la vista que la única garantía que dan las sucesivas crisis, propias y ajenas, es que las jubilaciones serán de miseria. Por si fuera poco, las comisiones diversas que cobran las AFJP sobre los aportes son tan leoninas que, aún cuando el mundo funcionara como en los libros de economía, sería más negocio juntar los aportes en la vieja Libreta de Ahorro que usaban nuestros abuelos.

Cada una de estas operaciones estuvo plagada de irregularidades. Mediante coimas espectaculares, las empresas compradoras obtuvieron precios de remate y regulaciones mínimas. Además, con el correr de los años, el Gobierno toleró todo tipo de incumplimientos en que incurrieron los empresarios, en algunos casos, incluso, se les pagaba subsidios.

Esta situación redundó en un mayor empobrecimiento de los sectores populares, ya que las empresas privatizadas de servicios públicos cobraban las tarifas que les convenía y las aumentaban cuando querían, todo con la vista gorda del Gobierno.

Así durante los primeros años, la economía parecía gozar de “buena salud”, al menos para los empresarios. Con el dólar barato, y la reaparición del crédito, se produjo una sensible recuperación del consumo –la “fiesta menemista” que algunos añoran. Sin embargo el modelo tenía fundamentos endebles que de a poco se fueron manifestando.

Con la apertura importadora importantes sectores de la industria nacional, ante la imposibilidad de competir con la producción extranjera, directamente desaparecieron. Entonces, la producción local pasó a depender cada vez más de la tecnología e insumos importados. Las empresas transnacionales, por su parte, habían “colonizado” todo el sector de las empresas privatizadas –además de comprar numerosas empresas locales-, acentuando la dependencia de importaciones. Este conjunto de transformaciones fue generando una creciente salida de dólares al extranjero: en concepto de ganancias enviadas por las empresas a sus empresas matrices, por compras de insumos y maquinarias, y por las importanciones de artículos de consumo.

La desestructuración del sistema productivo implicó, además, una persistente debilidad para exportar a otros países. Con la excepción del Mercosur –el tratado de integración económica enre Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay-, que empezó a ser el principal mercado para las exportaciones nacionales, el comercio internacional de la Argentina fue deficitario con la mayoría de los países, especialmente con los países centrales.

Pero donde el discurso de los propagandistas del modelo se reveló rotundamente falaz fue en la cuestión de la deuda externa. Supuestamente, con las privatizaciones y la reestructuración del Plan Brady, la Argentina había “solucionado” el tema. Es decir, la deuda –considerada legítima- se había reducido un poco y, si el Gobierno observaba una “buena conducta”, era pagable. La “buena conducta” significaba que el Estado debía preocuparse por limitar el gasto –o al menos no incrementarlo más allá de los necesario- y, al mismo tiempo, recaudar lo más posible con el fin de obtener una diferencia –el famoso superávit primario- que le permitiera ir pagando la deuda. Se suponía que, sin la carga de las deficitarias empresas estatales, y habiendo realizado un monumental ajuste de gastos, los números cerrarían.

El hecho fue que, salvo los primeros años se la Convertibilidad, pronto la Argentina comenzó a endeudarse de nuevo: los números no cerraban. De modo que la deuda comenzó a crecer. Se decía que era una señal de “confianza” hacia la Argentina por parte de los “inversores”. Aquí surgieron varios problemas:
·       Uno es que, por la Ley de Convertibilidad, el Estado no podía emitir dinero para financiar la diferencia entre gastos y recaudación, o al menos parte de ella, por lo tanto debía endeudarse.
·       Otra cuestión es el del cobro de los impuestos: el sistema Argentino hace recaer casi todo el peso en los impuestos al consumo, que pesan más sobre los que menos tienen, y recauda muy poco en impuestos a las ganancias, las rentas y el patrimonio. Y los grandes empresarios, que son quienes más deberían pagar por esos rubros, tienen a su servicio a verdaderos ejércitos de contadores que les posibilitan evadir los impuestos o pagar lo menos posible haciendo todo tipo de trampas.
·       La creación de las AFJP, por su lado, había generado un gran agujero en las cuentas del Estado, que debía seguir pagando las jubilaciones ya existentes, pero perdía los aportes que iban a estas empresas.
·       Durante el menemismo, además, se otorgaron a las empresas un sinnúmero de excepcionalidades para el pago de impuestos. Todo bajo la suposición de que achicándoles los costos impositivos podrían generar más puestos de trabajo.

La bola de nieve que se incubaba se alimentaba en la debilidad interna y externa del Estado. Internamente, debido a creciente dificultad para solventar el gasto público con recursos provenientes de la recaudación de impuestos, lo cual originaba la política de ajuste permanente. Externamente, por que la debilidad exportadora, y la profusión importadora, sumado a los pagos de la Deuda que debía realizar el Estado, y a las ganancias que enviaban al exterior las empresas transnacionales, creaban un importante desbalance de recursos. Este déficit de dólares al principio fue cubierto por los “inversores” que traían sus divisas al país. A medida que pasaba el tiempo –y las crisis- la Argentina empezó a pedir prestado para financiar esa salida de recursos, y estos préstamos equilibraban transitoriamente el desbalance mencionado. Pero los nuevos préstamos también debían ir pagándose, y eran necesarios nuevos ajustes que empobrecían más y más el mercado interno poniendo en riesgo la propia viabilidad de los negocios locales de los grupos empresarios. Este círculo infernal, producto de la economía del saqueo, fue incubándose todo a lo largo del Gobierno de Menem y terminaría por estallar en el Gobierno siguiente.

El Campo Nacional-Popular: durante la década del 80’ había desarrollado importantes luchas manteniendo un cierto equilibrio de fuerzas e importantes niveles de movilización. Dada la debilidad en que había quedado el movimiento popular luego de la Dictadura, la Oligarquía había avanzado todo lo que pudo, aunque con importantes disputas internas y sin lograr imponer un proyecto unificado.
Ante la arremetida, entonces, del Gobierno menemista, que contaba con cierto consenso en torno a su proyecto, se vio empujado a una situación de defensiva muy difícil, donde las luchas aisladas se perdían una a una, y la fragmentación política y organizativa se profundizó como nunca.
El peronismo como identidad popular, y como referencia de un proyecto de Liberación Nacional, entró en su momento más crítico. Por un lado, había un Gobierno que se decía peronista, que propugnaba políticas que decían ser la actualización del peronismo a los nuevos tiempos, pero que desguazaba el Estado y lo entregaba en bandeja de plata a la Oligarquía y al capital extranjero, provocando con ello la exclusión de los más pobres y el empobresimiento paulatino de la mayoría. Por otra parte, el peronismo seguía siendo para muchos la referencia histórica de los días más felices que había vivido el pueblo, de la conquista de los derechos de los trabajadores y de la dignidad de los humildes, la misma historia del pueblo, durante los últimos cincuenta años estaba indisolublemente ligada al peronismo, en sus triunfos y sus derrotas.
El aparato partidario por su lado, apoyaba y sostenía las medidas de Gobierno, y en su práctica cotidiana perdió toda apelación a un proyecto liberador. Sólo se trataba de convocar a la gente para llenar actos y ganar internas a fin de dejar bien colocado al referente de turno, el cual –sin importar su pensamiento ni su proyecto- era el que después conseguía recursos, nombramientos y llegada a los dirigentes. No importaba si después cuando era diputado votaba la privatización de la bandera nacional, el asunto era no sacar los pies del plato. Hubo, sí, dirigentes honestos y consecuentes, que pelearon para recuperar las banderas históricas, pero el aparato se los devoró, o los relegó a la marginación.
En 1991 un grupo de ocho diputados peronistas, luego de pelearla, dieron el portazo y se fueron del PJ. Conocidos como Grupod de los Ocho, y en principio sin estructura partidaria, comenzaron desde el llano a caminar hacia la construcción de una nueva fuerza política. Entre ellos estaban Carlos “Chacho” AlvarezGermán Abdala y Juan Pablo Cafiero.
El Movimiento Obrero sufrió parecida experiencia. Saúl Ubaldini, un referente ya histórico, de la resistencia a la Dictadura y al Gobierno de Alfonsín, intentó presentar una oposición desde las filas sindicales, pero la experiencia fracasó y quedó totalmente marginado. La CGT quedó en manos de los sindicalistas amigos de Menem, y ni se mosqueó ante el empobrecimiento de los trabajadores. Esta nueva burocracia sindical se transformó en una casta empresaria. Sus gremios se convirtieron en holdings empresarios que administraban empresas de turismo, servicios de salud, AFJP, incluso empresas del mismo sector que representaban. La defensa de los derechos de los trabajadores quedó relegada al olvido, y la pelea por el salario importaba sólo a fin de incrementar las cotizaciones de los afiliados, es decir, los ingresos del sindicato.
Esta conducta reflejaba, en parte, los cambios que se venían dando en la sociedad y que se profundizaron con el menemismo. Es que los sectores de la clase trabajadora que contaban con representación gremial iban decreciendo en el tiempo, y al extenderse la desocupación y el trabajo en negro, cada vez más gente quedaba por fuera de toda organización sindical. Esta situación, sumada a la desmesurada concentración de poder económico acumulada en manos de la Oligarquía, hacía sumamente difícil la disputa por salarios y condiciones de trabajo. En todo caso, por cada trabajador que se resistía a aceptar las condiciones ofrecidas, había una cola de cincuenta dispuesta a trabajar por la mitad.
En este marco, de las distintas formas posibles de enfrentar los nuevos desafíos la burocracia sindical-empresaria eligió la más conveniente para su supervivencia: sumarse a la fiesta.
Otros sectores buscaron otros caminos. Se constituyeron nuevas centrales de trabajadores y nuevas corrientes sindicales. En 1994, bajo el liderazgo del camionero Hugo Moyano apareció el MTA (Movimiento de los Trabajadores Argentinos), una fracción interna de la CGT que fue parte importante de la Resistencia al Menemismo. Anteriormente, en 1991, un conjunto de gremios donde predominaban docentes y estatales, dio por concluída la experiencia de la CGT. Con el liderazgo de Germán Abdala –que moriría de cáncer poco después- y Víctor De Gennaro, se volcaron a la experiencia de construir una nueva central de trabajadores, la CTA (Central de los Trabajadores Argentinos), con la perspectiva de desarrollar un proyecto político de la clase trabajadora, propio y autónomo.
La CCC (Corriente Clasista y Combativa), aparece también en la calle resistiendo la ofensiva neoliberal, no todavía como una organización piquetera, sino como una corriente sindical. Carlos “el perro” Santillán, de los municipales de Jujuy, es uno de sus referentes que se va a hacer más conocido.

El Campo Antinacional: lo componen los Grupos Económicos locales, las empresas privatizadas, las Transnacionales, los sectores financieros. Consolidada su “comunidad de negocios”, tienen cancha libre para enriquecerse. La cúpula menemista del Partido Justicialista es un aliado fundamental, ellos manejan los resortes del poder del estado para facilitar su enriquecimiento, lícito e ilícito. Otros empresarios locales independientes –es decir, que no conformaban una grupo estructurado de varias empresas- también se suman a la fiestita, y, entremezclados con funcionarios gubernamentales, logran hacerse de diversos negociados.
De esta conjunción saldrán algunos de los casos de corrupción más resonantes, sobre todo por lo groseros. Este sector va conformando una verdadera red mafiosa que extiende sus ramificaciones por toda la estructura del Estado. El poder judicial también fue, poco a poco, “colonizado” por el menemismo: mediante la ampliación de la Corte Suprema de Justicia –con su mayoría automática-, y la digitación de los jueces federales, se generó un sistema de impunidad que hacía la vista gorda de los negociados del Poder Económico. La política gubernamental fue adoptando, así, un aspecto farandulero que combinaba las extravagancias presidenciales con la descarada impunidad y desparpajo con que actuaban sus laderos y funcionarios.
También formaban parte del apoyo con que contaba el Gobierno amplias franjas de la clase media acomodada que se beneficiaban con el dólar barato, ya que –dad su posición más deahogada que la del resto de los sectores populares- podían acceder, mediante el crédito, a casas, autos, diversos bienes importados y servicios que elevaban su calidad de vida y –más importante quizá- su autopercepción del status social que tenían. Emblemático de esto último, fueron las sucesivas alianzas electorales que forjó el PJ con la UCEDE. La histórica voluntad frentista del peronismo, de sumar otras fuerzas populares a sus porpuestas electorales, devino así en una caricatura grotesca, aliándose con los ultraliberales y antiperonistas más recalcitrantes de la política nacional a fin de sumar los votos cajetillas.
Los más humildes de los sectores populares también acompañaron la gestión del menemismo con su voto, pese a ser los más perjudicados por el modelo instaurado. Cautivos del clientelismo del aparato partidario –única fuente por el momento de la que podían obtener recursos para sobrevivir-, no tenían a la vista ninguna alternativa política, o proyecto, que los convocara a unir sus necesidades con el reclamo por sus derechos.
En 1994, mediante un espúreo acuerdo con Alfonsín, llamado “Pacto de Olivos”, Menem promovió, y logró, la reforma de la Constitución Nacional para posibilitar su reelección, lo que ocurrió en 1995. Esta vez fue acompañado, para el cargo de vicepresidente, por Carlos Ruckauf, un político del PJ que contaba entre sus antecedentes el haber sido Ministro de Trabajo del Gobierno de María Estela Martínez, hombre de la burocracia sindical, afín a José López Rega, y de sólidas amistades con la policía.

Veremos ahora el proceso de Resistencia al neoliberalismo que desarrolló el Movimiento Popular. Dividiremos la exposición en dos partes: la primera correspondiente al primer período de Gobierno de Menem, y la en la siguiente veremos el segundo Gobierno y la continuidad del Gobierno de la Alianza.

La Resistencia (I)

Comenzó con la misma implementación de las políticas neoliberales. El inicio del proceso de privatizaciones desencadenó una prolongada serie de conflictos. Estos fueron motorizados directamente por los sectores de trabajadores afectados, acompañados por el Ubaldinismo, pero sin el apoyo unificado de la CGT. En prácticamente todas las empresas sometidas a privatización se desarrolló la resistencia, siendo los conflictos más importantes los de los ferroviarios, los telefónicos, los trabajadores de SOMISA, los estatales, etc. El Gobierno respondió con dureza: retiró la personería gremial de algunos sindicatos más combativos, declaró ilegales los paros y modificó la legislación vigente restringiendo el derecho de huelga, en ciertos casos procesó penalmente a dirigentes, y en otros amenazó directamente con cerrar las empresas en conflictos –“ramal que para, ramal que cierra” respondió Menem ante la larga huelga de los trabajadores de los ferrocarriles.

Entre 1989 y 1992, luego de un intento de desplazar a Ubaldini de la conducción, la CGT estuvo dividida entre “Azopardo” y “San Martín”. La fractura separaba a quienes se alineaban con el Gobierno pero no podían hacer nada por evitar el avasallamiento a los trabajadores, por un lado, y los que trataban de resistir las políticas neoliberales sin romper con el justicialismo por otro.

En las elecciones legislativas de 1991, el sector del Ubaldinismo se presentó a elecciones por fuera del PJ apoyado por los gremios más combativos, entre los cuales estaban los maestros de CTERA. Sin embargo el resultado fue decepcionante y marcó el ocaso del sector liderado por Ubaldini como referente de la resistencia.

En 1992, finalmente, se reunificó bajo el liderazgo de los sectores burócratas-empresarios, ya embarcados de lleno en la reconversión de sus gremios en empresas. Los sectores combativos quedan marginados y excluídos de la central Obrera. La conducción cegetista insinuaba ciertas críticas a las políticas oficiales, y reafirmaba su posición negociadora con el Gobierno. Ante la intransigencia gubernamental se vieron ampujados a llamar a un Paro General, en Noviembre de 1992, que tuvo un acatamiento desparejo y contó con la adhesión de ATE.

Durante todo 1993 se continuaron los conflictos gremiales. Los maestros, los aeronáuticos, ferroviarios, los trabajadores de los subterráneos, etc., en algunos casos bajo la indiferencia de las conducciones de los sindicatos y desbordando sus estructuras, peleaban a la defensiva ante las reconversiones a que eran sometidos.

En 1994 las luchas de resistencia van cambiando de carácter y de escenario. El modelo neoliberal, ya avanzado en su implementación, iba mostrando sus efectos de desestructuración social y productiva. En vastas regiones del interior del país que antes tenían en las empresas estatales un polo de desarrollo y de generación de empleos, fueron acumulándose tendales de desocupados, producto de las privatizaciones. Entre ello y la apertura externa, se profundizó la desarticulación económica de esas regiones, que, según llegaron a decir funcionarios del Gobierno, aparecían como “inviables” dentro del modelo neoliberal.  De esta manera los Estados Provinciales también entraron en crisis, y se multiplicaron las dificultades para cumplir con sus funciones básicas de garantizar el funcionamiento de la salud, la educación, y la administración.

En este contexto se produce el Santiagazo. Este acontecimiento se desencadenó luego de varios meses de que el Gobierno no pagara los salarios de los empleados provinciales, en el curso de movilizaciones por el reclamo salarial, el pueblo de Santiago desbordó los cauces de la protesta: fueron ocupados, saqueados e incendiados los edificios de la Gobernación, la Legislatura provincial, el Poder Judicial, y la casa particular del Gobernador, entre otros. El hecho fue inédito. Santiago del Estero, una provincia generalmente ausente de los grandes medios nacionales, mostraba con crudeza los efectos de la implantación del modelo neoliberal: primero, que vastos sectores de la Argentina iban hundiéndose irremisiblemente en la indigencia, y luego, que el pueblo era perfectamente capaz de hacer tronar el escarmiento, aún sin organizaciones, programas ni dirigentes. Conflictos parecidos, aunque sin llegar a prender fuego edificios públicos, recorrieron todas las provincias del interior.

Por esta época también, van arreciando las protestas de los jubilados, condenados a cobrar miserias luego de una vida de trabajo. Aparece la figura quijotesca e irreverente de la viejita Norma Plá, peleándose con la policía, increpando a funcionarios y ministros, y convocando a un amplio espectro de sectores y organizaciones populares a las Marchas de los Jubilados, que se constituyen en símbolo de la Resistencia.

Las protestas del año 1994 estuvieron coronadas con la masiva Marcha Federal, convocada por el MTA, la CTA y la CCC, y el paro que le siguió a principios de Agosto, que se realizó sin la convocatoria oficial de la CGT.

En 1995 se produjo una grave crisis económica en México, que disparó un efecto dominó en todos los países de America Latina –el llamado “efecto tequila”-. Nuestro país fue de los más afectados, dado que el esquema de la Convertibilidad lo hacía especialmente vulnerable a estos choques externos. El Gobierno respondió con más ajuste, más flexibilización laboral, más privatizaciones, y de este modo la desocupación llegó a golpear ese año al 20% de los trabajadores.

En el mismo año se tratan en el Congreso dos leyes que reforman la educación: La Ley Federal de Educación, y la Ley de Educación Superior. Entre ambas se tiende a una progresiva pérdida de calidad en la enseñanza, y se dejan abiertas las puertas a la introducción de mecanismos “de mercado”, aranceles y restriciones al ingreso. Docentes y estudiantes responden con masivas movilizaciones que incorporan a un importante sector al proceso de la Resistencia.

Entre el 91’ y el 94’ se había producido un proceso de desgajamientos y realineamientos partidarios. Algunos diputados del mencionado Grupo de los Ocho fueron tejiendo la conformación de una fuerza política nueva, que pudiera presentar una alternativa al menemismo y al peronismo oficial. Con numerosos grupos que se habían escindido del peronismo, militantes de Derechos Humanos, y agrupaciones provenientes de la izquierda, formaron el Frente Grande. Este partido se presentó en las elecciones legislativas de 1993, y en elección de Constituyentes para la reforma de la Constitución en 1994. El agrupamiento fue registrando un importante crecimiento, sobre todo en la Capital Federal, referenciado en la proyección mediática de sus principales dirigentes, Carlos “Chacho” Alvarez, y Graciela Fernández Meijide –un ama de casa que, a partir de la desaparición de su hijo en la Dictadura, había comenzado a participar de organismos de Derechos Humanos. Para 1995, fue confluyendo con otros partidos y organizaciones sociales, como los socialistas, los Demócrata-Cristianos, los restos del Partido Intransigente –implotado luego de apoyar a Menem en 1989-, sectores sindicales que integraban la CTA, y otros agrupamientos desgajados del peronismo,  formándose el FREPASO (Frente por un País Solidario). En su conformación sus dirigentes adoptaron una línea y un discurso crítico y opositor al menemismo, aunque centrándose en los hechos de corrupción, y planteando como solución una gestión “ética”. Afuera del debate quedaba, por el momento, la naturaleza del modelo neoliberal instaurado en la Argentina. En su seno, sin embargo convivían sectores que iban más allá y planteaban debates y propuestas que iban más a fondo.

Esta fuerza se presentó en las elecciones presidenciales de 1995 con la candidatura de José Octavio Bordón-Carlos “Chacho” Alvarez. Bordón resulta una figura de cierta relevancia en el justicialismo, ex–gobernador de Mendoza, y sendaor nacional, ha roto recientemente con el PJ. La nueva fuerza, entonces, logra un importante caudal de votos –del 28 %-, por encima del 16% de los radicales –desprestigiados y corroídos por su crisis interna luego del “Pacto de Olivos”-, pero lejos del 47% que alcanza la candidatura de Menem, finalmente reelegido.

El Campo Nacional-Popular: durante este período la Resistencia tuvo dos características diferentes, atravesó dos momentos, entre los cuales se van modificando los sectores que la integran, y se va materializando una profunda transformación del Movimiento Popular.
En una primera instancia, en lo que van los primeros años del Gobierno de Menem hasta 1994 aproximadamente, los sectores más combativos de la Resistencia al plan neoliberal son los directamente afectados por las privatizaciones: los trabajadores de las empresas estatales, que queman hasta el último cartucho en la pelea. Estas luchas aparecen aisladas, se desarrollan ceñidas a una dinámica de conflicto sindical, sin confluir en un frente común que cuestione políticamente el proyecto menemista, y una a una van siendo derrotadas. Aquí pesa fuertemente el encuadramiento del Partido Justicialista y de las cúpulas sindicales con la política oficial. Estos sectores, con sus ambigüedades y sus agachadas, habían sido parte importante del cuestionamiento a los proyectos privatizadores durante el Gobierno de Alfonsín, y  ahora, al aparecer de pronto alineados en la vereda de enfrente dejaron a quienes resistían sin la necesaria proyección política de su pelea. Incide también, sin duda, el consenso que poco a poco había ido logrando la Oligarquía para los planes privatizadores, y la ofensiva mediática para mostrar a quienes resistían como defensores de sus particulares condiciones de trabajo “privilegiadas”.
A medida que se van implantando y consolidando las políticas del menemismo, y con ello sus efectos destructivos en la economía y en la sociedad, aparecen en la resistencia sectores nuevos: ya no eran los clasicos conflictos sindicales en defensa del trabajo que usaban la herramienta de la huelga, ahora eran los jubilados, los maestros, los empleados públicos de las provincias empobrecidas, los desocupados de las ex-empresas estatales que habían quedado sin niguna perspectiva laboral, etc. Todos sectores que no eran quienes en la Argentina, históricamente iban a la cabeza de las peleas. Este rol lo habían desempeñado, hasta hacía poco, los trabajadores organizados, el Movimiento Obrero con sus sindicatos, con la CGT, los partidos y las juventudes políticas embanderados detrás de proyectos claramente definidos. El nuevo escenario del conflicto social, que va asomando, aparece protagonizado por movimientos sociales, más que sindicales, y con reclamos que tienen que ver más con elementos básicos para la supervivencia que con proyectos políticos. La clase trabajadora adquiere una fisonomía rotundamente diferente a la conocida en los últimos cincuenta años. Son ahora los maestros, los estatales, los trabajadores desocupados, y de gremios no industriales los que cobran protagonismo.
También va resultando notorio que gran parte de la Resistencia se agrupa en organizaciones que no hacen de la identidad peronista su eje convocante, sino que más allá de la experiencia pasada –que en la mayoría de los casos, efectivamente, es el peronismo- se desarrollan como movimientos sociales o políticos que, sin renegar de la Historia, no quedan atados a las identidades pasadas.
Esto va marcando que el Campo Popular ha sufrido una grave derrota, desde la Dictadura al menemismo, ya que la Oligarquía ha logrado imponer –encima en democracia, con la legalidad que ello implica- un vasto plan que modifica el país según sus intereses. Y por lo tanto, en esa etapa, la tarea de las organizaciones populares va a consistir en resistir el avance de la Oligarquía, con las nuevas modalidades metodologías que el mismo pueblo va desarrollando, y tratando de acumular, recomponer fuerzas, unidad y organización para poder detener ese avance y, eventualmente, pasar a la ofensiva con un proyecto propio. Las tradicionales formas organizativas habrán de cambiar, para  contener y organizar a esa nueva clase trabajadora.
Esta nueva Resistencia, tiene también por delante la tarea de construir una herramienta política nueva, ya que el peronismo partidario se ha transformado en el partido que ejecuta las políticas neoliberales en alianza con la Oligarquía. 
También se encuentra ante el desafío de reformular un proyecto estratégico, un proyecto popular para la Argentina.

El Campo Antinacional: Durante este primer período el Gobierno menemista y sus aliados juegan con las barajas marcadas. Tienen un importante apoyo social que mira para otro lado cuando se destapan los casos de corrupción, pero ello sólo dura mientras se mantiene la “estabilidad”, pregonada como principal logro de la política neoliberal.
Surgen, de la mano de la impunidad, nuevos partidos políticos, liderados por ex-represores y otros personajes deleznables. Es el caso del General Domingo Bussi, Gobernador del Tucumán durante la Dictadura, quien lanza su partido provincial, Fuerza Republicana, y llega a ganar las elecciones accediendo al mismo que cargo que ocupara pero por la vía de los votos.
El ya mencionado ex-Teniente Coronel Aldo Rico, por su parte, también se lanza a posicionarse electoralmente, en su caso a través del MODIN (Movimiento por la Dignidad y la Independencia Nacional), con el cual llega a obtener una significativa cantidad de votos en la Provincia de Buenos Aires. Sin embargo la fuerza y representación acumulada finalmente se la “vende” al Gobernador bonaerense Eduardo Duhalde para lograr la reforma de la Constitución Provincial que le posibilita a este último ser reelegido.
La aparición –y el relativo éxito- de estas nuevas formaciones políticas le imprimen un sello siniestro, que acentúan la sensación de derrota, impunidad y retroceso, al proceso de instauración neoliberal que se viene desarrollando.
En este período, el Gobierno va a apelar a la represión directa de los movimientos de resistencia, y luego a tratar de contenerlos con distribución de alimentos y planes “Trabajar”, novedad concebida por el menemismo para ofrecer algo que apacigüe temporalmente las protestas. Nuevas modalidades de represión semilegal, como la policía del “gatillo fácil”, se van instalando, de la mano de la impunidad, y con el objetivo de atemorizar y “disciplinar” a los más pobres. Sin embargo, los crecientes conflictos van a ir adquiriendo centralidad en la escena política nacional, mostrando a las claras que el modelo neoliberal es absolutamente inviable, a menos que el Gobierno esté dispuesto a reprimir sin límites una protesta que surge, necesariamente, por parte de un pueblo que no se resigna a hundirse en el pozo sin fondo de la miseria.

La Resistencia (II)

Luego de las elecciones, los conflictos no se detienen, sino por el contrario, se continúan y se extienden. En la provincia de Tierra del Fuego, hasta entonces un lugar de oportunidades gracias a la promoción industrial que había desarrollado un importante sector de la industria electrónica, y transformada, gracias a la Convertibilidad, en un cementerio de empresas, se producen intensos conflictos fogoneados por obreros que resisten el cierre de las fábricas. En la represión policial cayó abatido por la policía el obrero Víctor Choque.

Los estudiantes que peleaban para parar la reforma educativa profundizan su movilización, llegando a bloquear las entradas al Congreso Nacional para evitar que se votaran las leyes mencionadas.

El FREPASO, pese a la derrota electoral a manos de Menem, se habían plantado con fuerza, como segunda fuerza electoral, y ejercendo un considerable atractivo sobre una vasta franja de militancia política dispersa y frustrada por lo que parecía ser el neoliberalismo triunfante e irresistible.

En Setiembre de 1995, se lleva a cabo un importante paro nacional convocado por la CGT, el MTA, la CTA y la CCC, en 1996 se producen otros tres. El descontento con los efectos del neoliberalismo parece crecer, y se insinúan las primeras fisuras y disidencias en el bloque que ejerce el poder. Domingo Cavallo se va del Gobierno enfrentado al menemismo y trata de construir un partido propio, para ocupar el espacio que antes representaba la UCEDE, ahora disuelta dentro del menemismo. El cargo de Ministro de Economía es ocupado por Roque Fernández: un hiperliberal que propone poner el “piloto automático”, a la espera de que las “fuerzas del mercado” solucionen las cosas.

En Cutral-Có, una pequeña localidad de la provincia de Neuquén, que se había desarrollado alrededor de las actividades de YPF, se produce un movimiente de protesta inédito. El pueblo, luego de la reestructuración de la empresa estatal, había quedado empobrecido y azotado por la desocupación, ya que el todo el comercio y la actividad económica giraba en torno a ella, la cual era también la principal fuente de trabajo. Era un lugar de los que los ideólogos neoliberales llamaban “inviables”. Hartos de la miseria a que habían sido condenados, los pobladores de Cutral-Có decidieron hacer algo, y lo que hicieron masivamente fue cortar las rutas de aceso y salida de la ciudad, de esa manera quedó obstruída toda la circulación de vehículos y transportes de carga de la región, pedían trabajo y comida. De esta manera, inauguraron el método del piquete como forma de protesta, reclamo y llamado de atención al Gobierno. Dado que se trataba de desocupados, que estaban excluídos del sistema productivo, y, ni siquiera organizados podían apelar a la herramienta del paro, encontraron la alternativa de bloquear el sistema económico en uno de sus puntos neurálgicos: las rutas, que eran la principal vía de tráfico comercial.

El desenlace de los hechos de Cutral-Có fue una sucesión de enfrentamientos de los piqueteros con la Gendarmería enviada por el Gobierno Nacional a pedido de la provincia. Pero las fuerzas represivas no pudieron contra una ciudad entera sublevada, decidida a pelear, y contra el aliado que significó el viento patagónico, que inutilizaba los gases lacrimógenos. Luego de promesas marchas, contramarchas, y más combates, los piqueteros obtuvieron algunos de sus reclamos. En el camino quedó la vida de Teresa Rodríguez, una jóven de veinte años que cayó bajo las balas de los gendarmes

El mismo tipo de conflictos recorrieron las provincias de Salta y Jujuy. El mismo tipo de causas: pueblos condenados al abandono y la desesperanza por la desaparición de las fuentes trabajo: YPF en algunbos casos, el cierre de ingenios azucareros en otros. La misma metodología: el corte de ruta. Igual respuesta del Gobierno: declarar delincuentes a los manifestantes y enviar batallones de gendarmería. Y un resultado que comenzaba a hacerse habitual: luego de combates, mediaciones y negociaciones, la distribución de planes de empleo, la novedad con la que el Gobierno trataba de contener las protestas.

Luego del cachetazo que habían significado las leyes de impunidad –Obediencia Debida, Punto Final y los indultos de Menem a los militares ya condenados-, surge el agrupamiento de HIJOS (Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio). Extendido por todos los lugares del  país donde la Dictadura se cobró víctimas, reencuentra a los hijos de los desaparecidos con su historia, con la memoria y la denuncia de la impunidad instalada por el menemismo. Los Hijos salen a la calle a realizar escraches a los represores que viven campantes y en libertad, denuncian ante el resto de la sociedad, ante los vecinos y el barrio, dónde es que viven los asesinos y torturadores.

En 1997, recrudecen, tanto la protesta social como la oposición política al menemismo. El Gobierno modifica de manera regresiva aspectos de la legislación laboral que eran derechos adquiridos desde el año 1945. En Julio se produce una nueva movilización de la CTA, la CCC, y la CGT a Plaza de Mayo, a lo que sigue un paro nacional con movilización en Agosto, con la característica este último de incorporar a los nuevos actores sociales de la protesta: numerosos piquetes cortan rutas en varios puntos del país, y la jornada culmina con incidentes, una feroz represión y numerosos detenidos. Particularmente aquí en la ciudad de La Plata, cerca de setenta personas permanecen presas durante más de una semana.

Los conflictos repercuten en las pujas internas dentro de la CGT, así es que un intento de reunificación termina cuando las patotas armadas del sindicalismo menemista corren a balazos a los camioneros liderados por Hugo Moyano.

En el terreno político partidario, se producen algunas jugadas que empiezan a cuestionar con fuerza a la hegemonía menemista. En Agosto se forma la Alianza, un acuerdo político entre el FREPASO y la Unión Cívica Radical. De la Rúa, Federico Storani, Rodolfo Terragno, Raúl Alfonsín –por la UCR-, Carlos “Chacho” Alvarez, Graciela Fernández Meijide –por el Frente Grande-, y Norberto La Porta –por el socialismo que integra el FREPASO-, se sacan juntos una bonita foto, prometen recuperar la ética en la política y terminar con los males de la Argentina.

En el PJ comienza a hacerse pública la disputa entre Menem y Duhalde. Este último, recostado en el dominio que ejerce sobre la Provincia de Buenos Aires, tanto en lo referente al control del Estado como al poder territorial sobre el Gran Buenos Aires, se propone como candidato “natural” del justicialismo en vistas a las elecciones de 1999. Desde ahí pretende disputarle a Menem la jefatura del PJ. Le cuestiona, además, las consecuencias de las políticas neoliberales que, por otra parte, él mismo ha avalado y aplicado.

En medio de esta pelea, aparece asesinado el fotógrafo José Luis Cabezas. Este hecho, con claros tintes de ejecución mafiosa, destapa la olla de un tenebroso juego de intereses corruptos, negociados y tráfico de influencias, en el que aparece la figura del empresario Alfredo Yabrán: un oscuro personaje ligado al menemismo.

En Abril, los maestros organizados en la CTERA, instalan frente al Congreso de la Nación la Carpa Blanca, en la cual ayunan grupos de maestros. La protesta en defensa de la educación pública se convierte enseguida en un símbolo de la Resistencia al neoliberalismo, y persistirá hasta después de que Menem se haya ido del Gobierno. La carpa adquiere trascendencia internacional mostrando la evidencia del fracaso noeliberal, será lugar de peregrinación  para numerosas personalidades del mundo que visitan la Argentina, y también para varios políticos de la Alianza que van a sacarse fotos con los maestros ayunantes.

Finalmente, en Octubre de 1997, se llevan a cabo elecciones legislativas, en las cuales se produce un claro triunfo de la Alianza por sobre el Justicialismo. Lo significativo de esta elección es la derrota del justicialismo en la Provincia de Buenos Aires, en cuyo conurbano, supuesto bastión de Duhalde, también gana la Alianza. El revés electoral del peronismo partidario, es interpretado de muy diversas maneras, desde el menemismo festejan la derrota de Duhalde, para muchos se trataba de un repudio a las funestas consecuencias de la políticas neoliberal y una apuesta al cambio representado por la Alianza. También de esta manera se manifiesta que, el proceso de Resistencia que se viene desarrollando, no lo ha hecho en el vacío, sino que tiene el acompañamiento del resto dela sociedad, de esa manera, el voto expresa que importantes sectores del pueblo buscan una opción política de cambio.

Al mismo tiempo que las elecciones se produce en todo el mundo una gravísima crisis financiera. Con origen en Hong-Kong, va contagiando, primero, a todos los países del sudeste asiático, los que hasta ese momento era promocionados como “modelos a seguir”: países que competían en el mercado mundial basándose en los salarios infimos de obreros superexplotados, regímenes políticos autoritarios, y apertura, y liberalización total, de su comercio y sus finanzas. El FMI acude veloz con planes de “salvataje”, y esos países se hunden más profundo todavía. La crisis asiática, se disemina por todo el mundo y genera una inestabilidad económica internacional que dura hasta hoy día.

Al Gobierno nada de esto le mueve un pelo y coomienza a buscar algún artilugio legal que permita la re-re-elección de Carlos Menem. Durante un tiempo habrá un sin fin de idas y venidas, marchas y contramarchas, Duhalde, decidido ya a confrontar abiertamente, amaga con llevar a cabo un pebiscito en la Provincia de Buenos Aires para que la gente vote, por sí o por no, si le permite a Menem presentarse a elecciones de nuevo. Como diversas encuestas van evidenciando el creciente rechazo a la re-re-elección, y un pebiscito podría significar un mayoritario “no”, el menemismo recula y abandona la idea.

En 1998 se produce una nueva crisis financiera con  impacto mundial, esta vez en Rusia, y a principios de 1999, le toca a Brasil, que devalúa su moneda y le da un tremendo sacudón a la economía Argentina. El modelo económico neoliberal, con el uno a uno, se va tornando insostenible. Desde el Gobierno se empieza a hablar de planes de dolarización, mientras que desde algunos sectores justicialistas opositores al menemismo, se habla de la necesidad de una devaluación.

Esta “alternativa”, dolarización vs. devaluación, pone en blanco sobre negro las fisuras que se han abierto al interior de la Oligarquía, y la divergencia de intereses entre diferentes sectores de la cúpula empresarial. Esta contradicción se va a ir desarrollando a lo largo del siguiente Gobierno.

En 1999 se van definiendo las alternativas electorales. Por la Alianza se presenta la candidatura de Fernando De la Rúa y Carlos “Chacho” Alvarez, para presidente y vice. De la Rúa, en ese entonces Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, es un dirigente radical sin mayor brillo y proveniente de los sectore más conservadores del centenario partido, pero ha sido la  única figura que se ha mantuvo a flote luego de las pésimas experiencias de la UCR en las anteriores elecciones. El justicialismo levanta la fórmula Eduardo Duhalde-Ramón “Palito” Ortega. El PJ apoya oficialmente la candidatura de Duhalde, pero el menemismo parece jugar a que pierda, y empieza a hablarse de que Menem apuesta al triunfo de De la Rúa para volver luego en el 2003. Las elecciones finalmente dan por ganadora a la fórmula encabezada por Fernando De la Rúa, con el 48% de los votos. En la Provincia de Buenos Aires, sin embargo, se da un resultado inédito, ya que la Alanza pierde allí las elecciones para Gobernador, al ganar Carlos Ruckauf, con su discurso de “mano dura”, sobre Graciela Fernández Meijide.

La herencia del Menemismo

Cuando Menem se fue del Gobierno, luego de diez años, dejó a la Argentina profundamente transformada, como ningún otro Gobierno desde Perón en adelante. Pero al revés que la época del peronismo, Menem pareció hacernos retroceder en el tiempo, y su Gobierno alteró los fundamentos mismos sobre los cuales el Pueblo organizaba su manera de vivir, de trabajar, de ver el mundo, de entretenerse y de asombrarse. Todas las variables que podían empeorar, las empeoró, todos los valores positivos que habían ganado legitimidad luego de años, los vulneró pretendiendo declararlos caducos. A pesar del crecimiento económico y de la estabilidad de precios, la Argentina quedó más pobre, más dependiente, más endeudada, más desocupada, más injusta y más flexibilizada.  Los poderosos –la Oligarquía y sus socios multinacionales- salieron más enriquecidos, más impunes, más poderosos, pero también divididos.

La deuda externa, que supuestamente iba a dejar de ser un problema gracias a las privatizaciones, más que se duplicó, llegando a los 154 mil millones de dólares. Los ingresos, que iban a crecer de la mano de las inversiones, lo hicieron efectivamente, pero quedaron concentrados en manos de los más ricos. La desocupación, que no existía, se multiplicó increíblemente, dejando a casi un tercio de los trabajadores desocupados o subocupados. El achicamiento del Estado, que iba a agrandar la Nación, dejó a ésta sujeta a los caprichos del FMI, el Banco Mundial, y sus planes de ajuste perpetuo. La producción, que se iba a revolucionar, sufrió una desindustrialización peor que la de la Dictadura. Las privatizaciones, que iban a redundar en sevicios eficientes, para todos y sin gasto del Estado, nos dieron, en algunos casos, empresas eficientes pero para obtener ganancias fabulosas a costa de la gente y fugarlas al extranjero, y en otros casos, servicios pésimos y subsidiados por el Estado. La esperanza que se prometía resultó en la desaparición de las perspectivas de progreso que caracterizaron a la Argentina durante décadas, y en la instalación de la exclusión social y económica como cruel presente y futuro para millones de compatriotas. Menem lo hizo.

El Campo Nacional-Popular: Partiendo de condiciones sumamente desfavorables, como lo fueron el alineamiento del peronismo –la histórica representación del Campo Nacional-Popular- con las políticas neoliberales, el acceso de los burócratas sindicales-empresarios a la conducción de la CGT –antes a la vanguardia de las luchas-, y el consenso que tuvo Menem para sus planes en los primeros tiempos del Gobierno, partiendo de ese retroceso, fue desarrollando un rico proceso de Resistencia y construcción de nuevas organizaciones e identidades.
Surgen los nuevos protagonistas de las luchas del pueblo, los maestros, los jubilados, los estatales, los desocupados, los jóvenes, etc., una nueva expresión de la Clase Trabajadora, producto de las transformaciones sufridas por la Argentina con el neoliberalismo.
Ese importante, y dinámico, sector de trabajadores, ya no se concentra en las fábricas, ya que la mayoría de ellas han desaparecido, u ocupan a cada vez menos gente; ya no se organiza mediante el sindicato, puesto que en su mayoría trabaja en negro, y cuando no, la alta flexibilización y la desocupación convierten al lugar de trabajo en un ámbito sumamente hostil a cualquier forma de organización; ya no posee una definida e incuestionable identidad política, porque el mismo peronismo ha puesto en duda su razón de ser al convertirse en la herramienta de la política neoliberal. Ahora este componente de la clase trabajadora se va organizando en el barrio donde vive, desde la escuela, la parroquia, el comedor, la asocioción vecinal, etc., y como organización comunitaria, va definiendo, y construyendo su propio territorio: la nueva “fábrica” es el mismo barrio.
Los reclamos parten de las necesidades más inmediatas y apelan al Estado, con el cual llegan a confrontar cuando intenta reprimirlos. La identidad que construyen no está, en principio, alineada con algunas de las identidades vigentes, ya que los nuevas movimientos surgen por afuera y hasta enfrentadas con llas organizaciones existentes –políticas, sociales y sindicales-, a veces se trata de desgajamientos, en otros casos, de fracciones de las mismas, y también aparecen otras que carecen de una procedencia definida, pero que en definitiva son lugares donde se reagrupan militantes que vienen de –y que traen consigo- distintas experiencias e identidades que son volcadas a la nueva práctica para enriquecerla.
La Resistencia, en todas sus variantes y orientaciones, busca reformular y construir un nuevo Movimiento de Liberación, trata de desarrollar y consolidar las luchas para dejar solamente de resistir cuando avanzan las políticas neoliberales, y llegar en algunos casos frenarlas, en otros, a tratar de avanzar.
Tanto los partidos tradicionales de izquierda, como el naciente FREPASO –y luego la Alianza-, se incorporan en ocasiones como parte de la Resistencia, pero en definitiva tratan de subirse a la marea de la pelea y del fastidio popular para representarla electoralmente. No existe aún un movimiento político que sea la genuina expresión y síntesis de las nuevas organizaciones  que protagonizan la lucha.
El mismo FREPASO, que surgió como nueva fuerza política en rebeldía contra el menemismo, con la voluntad de renovar la acción política con un profundo reclamo ético, pronto recae en prácticas similares a la peor politiquería de los viejos partidos. La Alianza con el radicalismo, que aparecía desprestigiado y declinante en su representatividad, desgasta a la nueva fuerza, y deja de lado el cuestionamiento global al neoliberalismo, para proponer solamente el combate a la corrupción gubernamental como solución a los problemas nacionales.

El Campo Antinacional: Las crisis financieras mundiales que pegan de rebote en el país, sumadas al estancamiento económico que vive la Argentina desde fines de 1998, resquebrajaron definitivamente aquella “comunidad de negocios” que había unificado a la Oligarquía a principios del Gobierno de Menem.
El uno a uno con el dólar parece ser una de las causas del problema. Con cada vez más países que han devaluado sus monedas –los más importantes: Brasil, Rusia y todo el sudeste asiático- las exportaciones nacionales no pueden competir, y el país padece un déficit crónico de su comercio exterior. Para un sector de la cúpula de la Oligarquía –los Grupos Económicos nacionales, y algunas empresas transnacionales- la solución es devaluar, ya que de esa manera las exportaciones argentinas serán competitivas, ello estimulará el crecimiento, el empleo, etc., etc. No dicen que, entre otras cosas, la devaluación significará también la abrupta caída del poder adquisitivo de los salarios, la licuación de sus deudas en pesos, la reaparición de la inflación, y un fenomenal problema legal e institucional dado que el dólar y el peso vienen funcionando en la economía como equivalentes, y nada indica la manera en que se reformularán los contratos privados, y el sistema financiero.
Otros sectores empiezan a agitar frenéticamente la idea de la dolarización como solución mágica de la crisis: son las empresas privatizadas, la banca extranjera y los grupos financieros locales. Para ellos se debe reemplazar al peso por el dólar como moneda de curso legal, ya no tendríamos moneda nacional. Esto haría permanente la supuesta “estabilidad”, sería una señal de “confianza” para los inversores externos, el financiamiento –tanto del estado como de las empresas- sería mucho más barato, lo cual estimularía el crecimiento económico, la Argentina sería parte del “area monetaria norteamericana” –casi como un estado yanqui más- lo cual favorecería el comercio internacional con los EEUU, etc., etc. No dicen los dolarizadores –o no les importa- que con la moneda perderíamos un elemento fundamental de nuestra soberanía y una herramienta económica esencial para la intervención del Estado, tampoco que ya no habría sistema financiero nacional, ya que los únicos bancos viables serían las sucursales de la banca extranjera, y que sobrevendría necesariamente un proceso de baja generalizada de los salarios, única forma de hacer competitivas las exportaciones nacionales y corregir el desequilibrio externo. Fundamentalmente, no aclaraban que su mayor interés era mantener el valor en dólares de sus inversiones locales, poder seguir enviándo  sus ganancias en dólares sin que se desvalorizaran y cobrar en dólares la Deuda Externa de la que eran acreedores.
Nadie, tampoco, decía qué hacer respecto a la bola de nieve de la deuda externa, salvo seguir pagándola religiosamente a costa del ajuste permanente.
Los principales partidos políticos juraban y perjuraban, sin embargo, que mantendrían la convertibilidad.
Esta papa caliente es la que tomó en sus manos el Gobierno de la Alianza.


14
 1999-2001: De la Rúa, triste solitario y final


No nos detendremos en una detallada reseña de este punto. Señalaremos algunos de los hechos y procesos más significativos.

La continuidad económica

El Gobierno de De la Rúa comenzó con un fuerte impuestazo que afectó a todos los argentinos, y más fuertemente a los más humildes. Luego avanzó con la profundización de la flexibilidad laboral, mediante una Ley profundamente regresiva que fue votada a cambio del pago de coimas a los senadores. Continuó con el recorte del 13% del sueldo a los trabajadores estatales, y un recorte similar a las jubilaciones. Se sumó a ello una feroz reducción de todo tipo de gastos del Estado. El sentido de esta política de súper-ajuste era que la Argentina cada vez debía pagar más y más dinero por intereses y capital de la Deuda Externa. Esta se transformó en la máxima prioridad, subordinada quedaba la posibilidad de cumplir con el gasto en salud, educación, justicia, etc.

La Alianza optó por continuar la política neoliberal del menemismo, pero cuando esta ya era insostenible, la contínua reducción del gasto público era la consecuencia forzada de esa elección. Pero la economía se hundía cada vez más, lo cual hacía a la Argentina un país cada vez más riesgoso, los famosos inversores externos, lejos de venir a hacer negocios al país, comenzaban a retirarse, agravando el desequilibrio externo y dificultándo más aún el financiamiento del Estado. En esta época el índice del riesgo-país se transforma en la estrella de los medios, y a medida que va creciendo vertiginosamente, cada vez le es más caro al país pedir prestado. Hasta que finalmente nadie pone un dólar más, y el Gobierno inventa el “blindaje financiero”, un conjunto de préstamos del FMI que harían posible capear el temporal, a cambio de requerimientos de mayores ajustes.

En el medio, Carlos “Chacho” Alvarez, renunció a la vicepresidencia, luego del escándalo de las coimas en el Senado y la Alianza comenzó a caerse a pedazos, quedándo el Gobierno cada vez más aislado. Ya a esta altura De la Rúa había pasado de ser “aburrido” a manifestarse como torpe, ineficaz y casi autista.

Con todo, las cuentas no cerraban. El Gobierno Nacional cerró, entonces, un acuerdo con las provincias –con la excepción de Santa Cruz- para congelar durante cinco años el gasto público primario, con esto ya se deslizaba hacia la demencia económica. Y motivó que varias provincias comenzaran a emitir cuasimonedas. En el caso de Buenos Aires fue el Patacón. Estos papeles, que en algunas provincias se desvalorizaron rápidamente, cubrieron el agujero de financiamiento que se iba agrandando a medida que la recesión se profundizaba y la recaudación de impuestos caía en picada.

Como nada parecía dar resultado, el Ministro de Economía, José Luis Machinea, es reemplazado por Ricardo López Murphy. Este último se presentaba como un ultraliberal militante. Enseguida propone un brutal ajuste del gasto público que provoca instantáneas y masivas movilizaciones, que junto con las fisuras al interior del Gobierno que provoca la designación, hacen que el nuevo Minsitro se vaya a las dos semanas. Reaparece, entonces, nada menos que Domingo Cavallo.

Con Cavallo se realizan las llamadas operaciones de “Megacanje” de deuda, que –otra vez- nos salvarían, pero que cuestan carísimas y, en definitiva, agravan el problema. Luego de algunos artilugios que pretenden “estimular” a la producción, se proclama de allí en más el “Déficit Cero”. Nuevamente el Estado debería ajustar sus cuentas para financiar el gasto exclusivamente con sus ingresos de recaudación.

A esta altura, la Oligarquía se encuentra abocada a consumar una veloz fuga de capitales del país. Antes de que todo se hunda, retiran sus depósitos bancarios y los giran al exterior aprovechando los últimos suspiros del uno a uno. La consecuencia es una sangría de las reservas de dólares que deviene en hemorragia, y una corrida bancaria que Cavallo pretende solucionar decretando el “corralito”, que congela los depósitos de los pequeños y medianos ahorristas, es decir, de la gilada, ya que los más acaudalados de la Argentina ya tenían sus fondos a salvo en el extranjero.

El 19 y 20 de Diciembre, por fin, Cavallo y De la Rúa se van, echados por una rebelión popular que parece marcar el final de toda una etapa histórica

La Resistencia

La Resistencia desarrollada durante el menemismo se profundiza en todas sus formas. El piquete pasa a ser una de las principales formas de protesta, y la más efectiva en cuanto a obtener concesiones por parte de los gobiernos –nacional y provinciales-, que tratan de contener lo incontenible por todos los medios. Se producen, también, violentos enfrentamientos con cada vez más muertos, donde el Gobierno Nacional muestra que también está dispuesto a cualquier cosa para reprimir a la Resistencia. En todo el país, pero especialmente en el Noroeste y en La Matanza, surgen piquetes que llegan a permanecer durante semanas.

La CTA venía impulsando la propuesta del Seguro de Empleo y Formación. Se trataba de un ingreso para todos los jefes de familia desocupados, más una asignación universal por hijo, que haría bajar la pobreza a cero. Suponía una profunda reforma impositiva que redistribuiría la riqueza desde arriba hacia abajo, e implicaba un shock de crecimiento económico. La propuesta, elevada al Presidente al asumir, luego presentada en el Congreso mediante millones de firmas, fue instalándose de la mano de la Marcha Grande –una caminata desde Rosario a Buenos Aires llevada a cabo por cientos de miltantes y dirigentes sociales. Sobre el final del Gobierno de De la Rúa, fue refrendada por más de tres millones de argentinos en una Consulta Popular autoconvocada por el FRENAPO (Frente Nacional contra la Pobreza), integrada por la CTA y un amplio arco social y político. Esta nueva central de trabajadores adquirió un protagonismo central en este período, siendo la mayor fuerza social organizada que emergía como una genuina representación de los años de Resistencia al menemismo –y ahora a su continuidad aliancista.

La CGT rebelde, conducida por Moyano, fue también protagónica de la Resistencia al Gobierno de De la Rúa, impulsando, junto a la CTA y la CCC, varios paros generales. Pero luego se volcó a la interna del PJ, integrándose al llamado Grupo Productivo, promovido por Duhalde como proyección política de los ssectores “devaluacionistas”.

El MTD (Movimiento de Trabajadores Desocupados), que venía desarrollándose sin pausa desde 1998, también tiene en este período un gran desarrollo y combatividad.

La FTV (Federación de Tierra y Vivienda), la organización territorial construída desde la CTA, toma un marcado protagonismo junto con la CCC, cuando se desarrollan los grandes piquetes de La Matanza.

El 19 y 20 de Diciembre, finalmente, representan uno de los picos de mayor intensidad y de mayor fuerza de la Resistencia. Allí queda demostrado que, luego de largos años de resistir, de tratar de frenar el avance de la Oligarquía, o al menos retroceder lo menos posible, el Pueblo fue capaz de voltear a un Gobierno que atacaba sin piedad a sus intereses. La rebelión no se coronó con un Gobierno Popular, que fuera representación auténtica de sus organizaciones. Ello evidenció que aún quedaba camino por recorrer en la construcción de un Movimiento de Liberación. Sin embargo a pesar del debe, dejó a la Argentina en una situación sustancialmente distinta de la vivida hasta entonces: cualquier Gobierno que se instalara debía forzosamente –si quería gobernar- dar cuenta de las demandas del Pueblo, había pasado ya la etapa en la cual, quienes conducían el Estado, lo hacían a sus espaldas e ignorando sus necesidades.

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